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El Fogón Soberano. Ensayo 8. Casos provinciales de crecimiento. E8/20
Mientras escribo esto, hay 332 productores en cinco provincias argentinas que ya están haciendo lo que aqui se propone.
17/02/2026
Por Elio Guida
Mientras escribo esto, hay 332 productores en cinco provincias argentinas que ya están haciendo lo que este libro propone. No lo leyeron acá. No esperaron una ley. No pidieron permiso. Simplemente miraron los números, hicieron cuentas, y decidieron que la soja marginal que les rendía 6% anual era peor negocio que las vacas que les rinden 18%.
Nadie los entrevistó en Clarín Rural. Ningún funcionario los visitó para tomar nota. No aparecen en los informes del Ministerio de Agricultura. Son invisibles para el sistema que los necesita invisibles, porque si sus resultados se conocieran masivamente, el relato de que “la ganadería no es rentable” se desmorona en una planilla de Excel.
Este ensayo los hace visibles.
Seleccioné cinco casos con criterios estrictos. No me interesan las experiencias piloto de una ONG con financiamiento europeo que funcionan tres años y desaparecen cuando se corta el subsidio. Me interesan productores reales, con balances auditables, que llevan mínimo tres años sosteniendo resultados sin depender de nadie.
Los criterios fueron cuatro:
- Primero, datos verificables. Registros INTA, balances cooperativos, informes de grupos CREA. Números que se pueden auditar, no testimonios emotivos.
- Segundo, ROI documentado superior al 15% anual. Porque si la recuperación ganadera no es rentable, no escala. Y si es rentable, no necesita caridad: necesita crédito y que el Estado deje de asfixiar con impuestos.
- Tercero, tecnología conveniente. Ninguno de estos casos usa collares GPS de USD 30,000 ni blockchain de USD 3,400 por año. Usan boyeros eléctricos, molinos australianos, pastoreo rotativo y sentido común. Lo mismo que propusimos en el Ensayo 7.
- Cuarto, diversidad. Pampa húmeda, semi-árido, humedales, cuenca deprimida, zona agrícola intensiva. Cinco ecosistemas distintos, cinco modelos distintos, un resultado común: la ganadería bien manejada es mejor negocio que la soja marginal y regenera lo que el monocultivo destruyó.
Brasil no duplicó su stock ganadero de 80 a 260 millones de cabezas con un plan nacional diseñado en Brasilia. Lo hizo al revés. Mato Grosso experimentó, Goiás copió lo que funcionaba, Minas Gerais adaptó a su realidad, y cuando los resultados eran innegables, el gobierno federal escaló con crédito y legislación lo que los estados ya habían probado.
Laboratorios estatales primero. Política federal después.
Argentina necesita exactamente lo mismo. Y la buena noticia es que los laboratorios provinciales ya existen. Nadie los mira, pero existen. Están en Reconquista, en Anguil, en Mercedes, en la Cuenca del Salado, en Marcos Juárez. Productores que con inversiones modestas — promedio USD 19,000 por explotación — están revirtiendo en sus campos lo que sesenta años de política anti-ganadera destruyeron a nivel nacional.
Lo que sigue son cinco historias con números. Cinco demostraciones de que la recuperación no es teoría de escritorio. Es práctica de campo, verificable, replicable, y rentable.
Cinco fogones que ya arden.
CASO 1: SANTA FE — COOPERATIVAS QUE RECONVIERTEN SOJA MARGINAL
El norte santafesino tiene un secreto que los pools de siembra prefieren no mencionar: hay cientos de miles de hectáreas donde la soja no rinde.
Santa Fe es la segunda provincia ganadera del país con 6.2 millones de cabezas, pero perdió 1.8 millones entre 2007 y 2024 por el avance sojero. La cuenca lechera central — Rafaela, Sunchales, la zona que alimentó generaciones enteras — pasó de 2,400 tambos en el año 2000 a 1,100 en 2024. Menos de la mitad. En veinte años liquidamos lo que llevó un siglo construir.
Pero la soja que reemplazó a esas vacas no es la soja pampeana de 3.5 toneladas por hectárea. En el norte santafesino — departamentos General Obligado, Vera, San Javier — los rindes promedian menos de 2 toneladas. A veces 1.6, a veces 1.8. Con esos números, descontando insumos, flete y retenciones, al productor le quedan entre 6 y 8 puntos de rentabilidad anual. Cuando le va bien. Cuando no hay sequía. Cuando no se le dispara el glifosato. Es agricultura de supervivencia disfrazada de modernidad.
Tres cooperativas de la zona de Reconquista hicieron la cuenta que nadie quería hacer. Tomaron 22,000 hectáreas de soja marginal — las peores, las que nunca iban a rendir como en Pergamino — y las reconvirtieron a ganadería mixta. Ciento ochenta productores asociados, crédito provincial al 8%, inversión promedio de USD 45,000 por explotación.
Los resultados en tres años: carga animal de 0.6 a 1.4 cabezas por hectárea. Stock incorporado: 15,400 cabezas nuevas. Ingreso bruto promedio por hectárea de USD 280 con soja marginal a USD 520 con ganadería mixta. Casi el doble.
Pero el dato que debería estar en la tapa de todos los diarios es otro: empleo. La soja genera 0.3 puestos de trabajo cada mil hectáreas. La ganadería mixta genera 2.1. Siete veces más. Esas 22,000 hectáreas reconvertidas pasaron de emplear a 7 personas a emplear a 46. Multiplicá eso por los 2 millones de hectáreas sojeras marginales que tiene el norte santafesino y las cifras de empleo rural cambian la ecuación social de toda la provincia.
¿Y qué tecnología usan estos 180 productores que están ganando más plata que con soja, generando siete veces más empleo y recuperando suelos degradados?
Boyeros eléctricos. Pastoreo rotativo con siete potreros. Suplementación mineral. Inseminación artificial convencional. Costo tecnológico promedio: USD 3,200 por productor.
Cero collares GPS. Cero drones. Cero blockchain. Cero consultores de Silicon Valley.
Tres mil doscientos dólares en tecnología probada, accesible, que cualquier productor puede instalar en una tarde con un alambre y una batería.
La lección de Reconquista es brutal en su simplicidad: si 22,000 hectáreas generan 15,400 cabezas nuevas, reconvertir 2 millones de hectáreas sojeras marginales del norte santafesino significa 1.4 millones de cabezas adicionales. En una sola provincia. Sin inventar nada. Sin importar nada. Copiando lo que 180 tipos ya demostraron que funciona.
Pero para eso alguien tiene que decidir que la soberanía alimentaria importa más que la exportación de poroto de soja a China. Y ahí es donde se traba todo.
CASO 2: LA PAMPA — GANADERÍA QUE REGENERA EL DESIERTO
Cuando un ambientalista de escritorio dice “las vacas destruyen el suelo”, hay que mandarlo a Anguil.
La Pampa tiene 3.4 millones de cabezas y es la provincia con mayor porcentaje de superficie dedicada a ganadería. Pero el oeste pampeano — precipitaciones de 350 a 500 milímetros anuales, monte de caldén, suelos frágiles — arrastra décadas de sobrepastoreo que convirtieron campos productivos en arenales. No por culpa de la ganadería. Por culpa de la mala ganadería. Cien vacas en un potrero sin rotación durante doce meses hacen desastre. Las mismas cien vacas rotando entre ocho potreros durante cuarenta y cinco días cada uno regeneran lo que el mal manejo destruyó.
La diferencia no es tecnológica. Es intelectual.
La estación experimental del INTA en Anguil lleva desde 2018 un programa de manejo holístico adaptado al caldenal con 47 productores sobre 185,000 hectáreas. No es un ensayo de laboratorio. Son campos reales, con dueños reales, que pagan impuestos reales y necesitan resultados que se traduzcan en pesos al final del mes.
La inversión promedio fue de USD 28,000 por productor, y el 80% se fue en infraestructura de agua. Porque en el semi-árido el cuello de botella no es el pasto — el caldenal produce más forraje del que se aprovecha — sino el agua. Molinos australianos, tanques de 10,000 litros, aguadas distribuidas cada 1,500 metros para que la hacienda no camine 5 kilómetros por día buscando dónde tomar. Una vaca que camina 5 kilómetros gasta energía que debería ir a preñez. Ponerle el agua cerca es la inversión con mejor retorno de toda la ganadería extensiva.
Los resultados en seis años: preñez de 62% a 74%. Doce puntos porcentuales. Eso significa que de cada cien vacas, doce más paren un ternero cada año. Carga animal de 0.15 a 0.28 cabezas por hectárea — casi duplicada. Mortandad de terneros de 12% a 5%. ROI: 22% anual. El segundo mejor de los cinco casos.
Pero el número que derrumba la narrativa anti-ganadera es otro.
Materia orgánica del suelo: de 1.8% a 2.9% en cinco años. Medido. Documentado. Con muestras georreferenciadas que cualquiera puede auditar en la estación de Anguil.
Eso es secuestro de carbono verificable. Eso es suelo que estaba muerto y volvió a la vida. Eso es exactamente lo contrario de lo que la FAO dice que hacen las vacas.
La cobertura vegetal pasó de 45% a 68%. Donde había arena, hoy hay pasto. Donde había erosión, hoy hay raíces que retienen agua. Ganadería regenerativa en semi-árido. No en un paper de la Universidad de Colorado. En Victorica, La Pampa, a cuatro horas de Buenos Aires.
¿Tecnología utilizada? Molinos australianos de USD 2,500. Tanques australianos de USD 500. Boyeros solares de USD 800. Capacitación de INTA gratuita. Inversión total en infraestructura para los 47 productores: USD 1.2 millones. Veinticinco mil quinientos dólares por productor.
Con esa plata en Buenos Aires no comprás un monoambiente. En el oeste pampeano, comprás la regeneración de 4,000 hectáreas de campo.
La lección de Anguil es incómoda para dos grupos: para los que dicen que la ganadería destruye el ambiente, y para los que dicen que sin tecnología de punta no hay futuro. Los 47 productores de La Pampa regeneraron suelo semi-árido, casi duplicaron carga animal y obtuvieron 22% de rentabilidad anual. Con molinos, tanques y alambre. Sin un solo dron sobrevolando el caldenal.
CASO 3: CORRIENTES — DONDE LAS VACAS CUIDAN EL IBERÁ
El ambientalismo urbano tiene una fantasía recurrente: que para conservar un ecosistema hay que sacar a los productores. Corrientes demuestra lo contrario.
Corrientes es la segunda provincia en stock bovino con 4.9 millones de cabezas. Tiene los Esteros del Iberá — 1.3 millones de hectáreas de humedal, uno de los ecosistemas más biodiversos del continente — y un conflicto que parece irresoluble: ¿se producen vacas o se conserva el estero?
La pregunta está mal formulada. Es como preguntar si el corazón sirve para latir o para bombear sangre.
Sesenta y dos productores asociados en la zona de Mercedes y alrededores llevan desde 2016 demostrando que ganadería extensiva adaptada al ciclo hídrico del Iberá no solo es compatible con la conservación sino que la garantiza. Trescientas cuarenta mil hectáreas, ocho años de datos.
El modelo es ganadería de bajo impacto sobre pastizal natural. Razas criollas y cruza Brangus — animales que toleran el calor, la garrapata y la inundación estacional sin necesitar aire acondicionado ni laboratorios genéticos. Carga de 0.35 cabezas por hectárea, deliberadamente baja, respetando la capacidad del ecosistema. Preñez del 68%, limitada intencionalmente por manejo conservador. No exprimen. Acompañan.
El resultado económico: certificación “Carne de Pastizal” a través del programa Aves Argentinas-INTA, que les da un premio de USD 0.40 por kilo sobre el mercado convencional. ROI: 16% anual. El más bajo de los cinco casos, pero sostenido durante ocho años sin interrupciones, sin crisis, sin necesitar rescate. Rentabilidad modesta y constante. Exactamente lo que la ganadería argentina necesita y exactamente lo que el sistema financiero desprecia porque no da para especular.
Pero el dato que convierte a Corrientes en el caso más importante de este ensayo no es económico. Es ecológico.
Biodiversidad en los campos ganaderos bajo manejo holístico: 145 especies de aves registradas. En los lotes de soja adyacentes al estero: 12 especies. Ciento cuarenta y cinco contra doce. No necesito agregar un adjetivo. El número habla solo.
Las vacas no destruyen el Iberá. Lo habitan, lo pastan, lo fertilizan con bosta que alimenta invertebrados que alimentan aves que controlan insectos que mantienen el equilibrio que el glifosato elimina en una aplicación. Es un sistema. Los que entienden sistemas lo ven. Los que entienden solo planillas de Excel, no.
¿Y la tecnología que usan estos 62 productores que producen carne premium, conservan biodiversidad y mantienen rentabilidad sostenida durante ocho años?
Manejo de hacienda a caballo. Sí. A caballo. El mismo sistema que usaba el gaucho correntino hace doscientos años. Más boyeros eléctricos solares, vacunación convencional y caravanas SENASA estándar.
Inversión tecnológica total: USD 1,800 por productor. Mil ochocientos dólares. Lo que cuesta un celular de gama alta. Con eso, conservan un ecosistema que los ambientalistas de Palermo quieren proteger prohibiendo exactamente lo que lo protege.
El paralelo con el Ensayo 14 es inevitable y hay que explicitarlo. En la Europa medieval, los bosques eran del señor feudal y el campesino no podía cazar ni recolectar. Hoy los Parques Nacionales funcionan igual: ecoturismo a USD 200 por día para turistas extranjeros, pobladores locales sin acceso al recurso que sus abuelos manejaron durante generaciones.
Corrientes invierte la lógica. Aquí el productor no es el enemigo del ecosistema. Es el guardián. Y el ecosistema no es un obstáculo para la producción. Es la base que la hace posible. Si sacás las vacas del Iberá no salvás el estero. Lo condenás, porque sin manejo de pastizal la biomasa se acumula, los incendios se vuelven catastróficos y la biodiversidad colapsa.
Pero para entender eso hay que salir de la oficina y pisar barro. Y pisar barro no es lo que mejor hacen los funcionarios de Parques Nacionales.
CASO 4: BUENOS AIRES — LA CUENCA DEL SALADO DESPIERTA
La Cuenca del Salado es el corazón ganadero de Argentina y lleva décadas latiendo a la mitad de su capacidad.
Buenos Aires es la primera provincia ganadera con 17.2 millones de cabezas. La Cuenca del Salado — 7 millones de hectáreas de campos bajos entre Azul, Olavarría, Chascomús, Dolores — concentra la mayor densidad de cría bovina del país. Y el mayor desperdicio de potencial productivo.
El problema es histórico y conocido: campos inundables, suelos salinos, napas altas, pasturas naturales de baja calidad. Promedio histórico: 0.6 cabezas por hectárea y 65 kilos de carne por hectárea al año. Números que cualquier ganadero de Mato Grosso miraría con vergüenza.
Pero no es un problema de suelo. Es un problema de manejo.
Veintiocho establecimientos agrupados en CREA de la Cuenca del Salado llevan desde 2015 demostrando que con pasturas mejoradas tolerantes a salinidad, fertilización fosforada estratégica y manejo de agua superficial, esos mismos campos “improductivos” duplican y hasta triplican su producción. Noventa y cinco mil hectáreas. Nueve años de datos ininterrumpidos.
No hicieron nada revolucionario. Implantaron pasturas consociadas — festuca más lotus más trébol blanco — que toleran las condiciones de la cuenca en vez de pelear contra ellas. Agregaron fertilización fosforada a USD 40 por hectárea al año, porque los suelos del Salado tienen fósforo agotado después de un siglo de extracción sin reposición. Y manejaron el agua superficial: no riego — eso es carísimo e innecesario — sino drenaje básico para que los campos bajos no se encharquen seis meses al año ahogando la pastura.
Tres intervenciones. Pastura, fósforo, drenaje. Sentido común agronómico de primer año de facultad.
Los resultados: carga animal de 0.6 a 1.1 cabezas por hectárea. Un 83% de aumento. Producción de carne de 65 a 140 kilos por hectárea al año. Un 115% más. Destete de 58% a 72%. Catorce puntos porcentuales que significan catorce terneros más cada cien vacas cada año.
Inversión en pastura: USD 250 por hectárea con amortización a cinco años. Total por productor promedio: USD 8,500. ROI: 19% anual.
Ocho mil quinientos dólares. La inversión más baja después de Corrientes. Y el impacto potencial más alto de los cinco casos, por una razón que debería quitar el sueño a cualquier funcionario con dos dedos de frente.
La Cuenca del Salado tiene 7 millones de hectáreas.
Si la mitad adopta este modelo — no el 100%, la mitad, una meta conservadora — son 3.5 millones de hectáreas que pasan de 0.6 a 1.1 cabezas. Eso significa 3.5 millones de cabezas nuevas. En una sola cuenca de una sola provincia. Con pasturas, fósforo y zanjas de drenaje.
Sin drones. Sin GPS. Sin blockchain. Sin consultores internacionales. Sin programas con siglas en inglés.
Con festuca, trébol y fósforo. Con lo que cualquier ingeniero agrónomo del INTA Balcarce puede recomendar un martes a la mañana tomando mate en la tranquera.
El drama de la Cuenca del Salado no es técnico. El INTA tiene la tecnología disponible desde hace treinta años. Los grupos CREA demostraron que funciona desde hace nueve. El drama es que 28 establecimientos aplican lo que 28,000 deberían estar aplicando. La brecha entre lo que se sabe y lo que se hace es un abismo que solo se cruza con crédito accesible y una política tributaria que no castigue al que invierte en vacas.
Porque hoy, un productor del Salado que invierte USD 8,500 en pasturas y genera 19% de rentabilidad anual va a pagar más impuestos por esa rentabilidad que el pool de siembra que planta soja en la misma provincia y se lleva las ganancias a una cuenta en Uruguay.
Mientras ese desequilibrio exista, la Cuenca del Salado va a seguir produciendo a la mitad de lo que puede. Y el país va a seguir comiendo 48 kilos de carne per cápita cuando podría comer 80.
CASO 5: CÓRDOBA — EL FEEDLOT QUE SE ARREPINTIÓ
El feedlot fue vendido durante veinte años como el futuro de la ganadería argentina. Eficiente, intensivo, moderno. La palabra “moderno” debería encender una alarma cada vez que se usa para justificar concentración.
Córdoba es la tercera provincia ganadera con 5.8 millones de cabezas. La zona sudeste — Marcos Juárez, Bell Ville, General Roca — concentra el 40% del engorde a corral del país. Campos que alguna vez tuvieron vacas pastando fueron convertidos en corrales de tierra donde miles de animales comen maíz importado del norte cordobés, cagan sobre napas que alimentan pozos de agua, y generan una rentabilidad que depende de una variable que el productor no controla: el precio del grano.
Cuando el maíz está barato, el feedlot funciona. Cuando el maíz sube, el feedlotero pierde. Y el maíz siempre sube. Es cuestión de esperar.
Quince establecimientos de la zona de Marcos Juárez y Bell Ville hicieron la cuenta que la industria del feedlot no quiere que nadie haga. Compararon el costo real — grano, sanidad, efluentes, infraestructura de corrales, mortandad por estrés calórico, contaminación de napas, dependencia total de un insumo externo — contra un modelo mixto que combina pastoril con suplementación estratégica. Y los números no dejaron lugar a la épica del engorde intensivo.
La transición fue simple en concepto y exigente en ejecución: reducir grano del 85% al 40% de la dieta e incorporar pastoreo rotativo en lotes adyacentes a los corrales. No eliminar el feedlot. Hibridarlo. Que la vaca coma pasto cuando el pasto rinde y coma grano cuando el pasto no alcanza. Lo que cualquier abuelo ganadero hacía antes de que un consultor de nutrición animal le vendiera la dieta 100% grano como “lo científico”.
Resultados de la reconversión: costo de alimentación de USD 1.80 por kilo de ganancia a USD 1.10. Una reducción del 39%. Cuando tu costo principal baja casi un 40%, la rentabilidad no mejora — explota. ROI: 24% anual. El más alto de los cinco casos. Lejos.
Pero los números ambientales son igual de demoledores. Efluentes: menos 60%. Consumo de agua: menos 45%. Calidad de carne: mejora del perfil de ácidos grasos, mayor ratio Omega 3 a Omega 6, lo que convierte la carne en más saludable precisamente por el componente pastoril. La misma carne que la OMS puso en categoría “probable carcinógeno” sin distinguir entre un animal que comió pasto toda su vida y uno que comió grano procesado en un corral de barro.
¿Tecnología? Pasturas implantadas en lotes de rotación, comederos para suplementación estratégica, manejo de efluentes con lagunas de estabilización. Inversión promedio: USD 12,000 por establecimiento. Nada que no pueda resolver un albañil rural y un agrónomo con sentido común.
La lección de Córdoba es política más que técnica. El feedlot puro es un negocio de escala para pocos. Necesitás 2,000 cabezas mínimo para que cierre. Necesitás capital para bancar tres meses de grano antes de vender el gordo. Necesitás espalda financiera para absorber la volatilidad del maíz. Eso excluye al 85% de los productores ganaderos argentinos.
El sistema mixto invierte la ecuación. Funciona desde 200 cabezas. No depende de un solo insumo. Diversifica riesgo. Genera empleo local en vez de concentrarlo en un corral. Produce carne de mejor calidad nutricional. Contamina menos. Y da más plata.
El feedlot no fue una respuesta técnica a un problema productivo. Fue una respuesta financiera a un sistema tributario que castigaba la extensividad y premiaba la concentración. Cambiá el sistema tributario y el feedlot puro desaparece solo, porque los números no le cierran a nadie que tenga la alternativa de un campo con pasto.
La “modernización” del feedlot concentró la ganadería. La reconversión al mixto la democratiza. Y en un país con 200,000 productores ganaderos, democratizar la producción no es romanticismo. Es la única forma de llegar a 100 millones de cabezas.