COLUMNISTAS
De Isabel de Castilla a la autonomía municipal bonaerense del S.XXI
Uno de los mayores problemas de la América Hispana (y de la Argentina en particular) es la dificultad para comprender su propia historia. No por falta de hechos, sino por las metodologías utilizadas para analizarlos.
20/02/2026
Por Luis Gotte
Uno de los mayores problemas de la América Hispana -y de la Argentina en particular- es la dificultad para comprender su propia historia. No por falta de hechos, sino por las metodologías utilizadas para analizarlos. En gran medida, esas metodologías provienen de una Europa eurocéntrica, atlantista e imperial, que observa nuestra experiencia histórica como anomalía, desvío o fracaso. Así, se privilegia la acción del “gran hombre” que transforma la realidad, por sobre el proceso histórico como devenir colectivo. Sin embargo, los hombres no crean la historia desde la nada: apenas pueden retardarla o acelerarla.
Lo único verdaderamente constante es el papel de las ideas. Son ellas las que actúan como causa motora -o causa eficiente, en términos aristotélicos- para que los procesos históricos permanezcan en acto y no queden reducidos a mera potencia. Cuando una idea madura, encuentra su forma institucional.
En ese sentido, el reinado de Isabel I de Castilla resulta central para comprender una tradición política que luego será trasladada a América. Isabel concebía el poder como instrumento de unidad y trascendencia: vertical en su origen (Dios → Rey) y horizontal en su legitimación (Rey → Pueblo). Esa doble dimensión permitió consolidar un poder fuerte frente a la nobleza y sentar las bases de una organización política cohesionada.
La Escuela de Salamanca profundizará este legado, afirmando que la soberanía reside en última instancia en el pueblo, y que un poder que se deslegitima vuelve a Dios. De allí surge una idea radical para su tiempo: el derecho de resistencia frente al tirano. Estas nociones no quedaron encerradas en tratados teológicos; viajaron con la expansión hispánica hacia América.
Es en ese marco donde Hernán Cortés impulsa una de las instituciones políticas más relevantes de la historia americana: el Cabildo. Con sus luces y sombras, el Cabildo fue una experiencia concreta de autogobierno local, un espacio donde la comunidad deliberaba y decidía sin esperar órdenes lejanas. Allí comenzó a madurar la idea de soberanía y federalismo.
Cuando el Imperio español colapsa tras la invasión napoleónica, se produce un hecho decisivo: la soberanía “retorna” al pueblo. Ya no importaban los nombres propios -Miranda, Bolívar, San Martín- sino una convicción compartida por criollos, mestizos y españoles americanos: no era necesario esperar decisiones del Consejo de Indias ni de las Cortes. Los pueblos podían gobernarse a sí mismos.
Esa idea de autogobierno atravesó todo el S.XIX en una tensión permanente entre centralismo y federalismo, que concluyó formalmente con la Constitución Argentina de 1853, de inspiración liberal y atlantista. Sin embargo, la práctica política real mantuvo una fuerte centralización del poder, contradiciendo el espíritu federal proclamado constitucionalmente.
Hoy, esa misma tensión reaparece con fuerza en la Provincia de Buenos Ayres. Como en los tiempos isabelinos, salamanquinos y cabildantes, los municipios comienzan a percibir que sin autonomía política, normativa, económica y administrativa, no hay posibilidad de desarrollo ni de comunidad organizada. Frente al centralismo platense, la autonomía municipal no es un capricho contemporáneo: es la continuidad histórica de una tradición hispanoamericana de autogobierno.
Comprender esto no es solo un ejercicio historiográfico. Es una necesidad política urgente.