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ENSAYO 10: El Asado como Acto Político. E10/20

El Fogon Soberano. Ensayo Nº10. APERTURA — “Está Lindo Para un Asadito”

03/03/2026

Por Elio Guida

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DOMINGOS DEL FOGON SOBERANO.

Sábado a la mañana. Sol de otoño en Rosario. El  sol tibio de mayo que entra por la ventana de la cocina y te dice que el día va a estar hermoso. Papá se levanta, mira el cielo desde el patio, y dice la frase que definió generaciones enteras de argentinos:


“Hoy está lindo para un asadito.”


No hacía falta más. No era una declaración solemne. No era un acto de resistencia cultural. No era filosofía política. Era lo más normal del mundo. Después de unos mates, mi viejo se ponía la campera, agarraba la billetera y se iba caminando de Don Pedro el carnicero de calle Mitre. Pedía dos kilos de tira, un kilo de vacío, unas achuritas. Lo envolvían en papel de diario. Pagaba con lo de la semana. Volvía caminando, silbando bajito, con la bolsa en la mano.


En casa se prendía el fuego temprano. Siempre con leña de la poda del fondo. La parrilla la hicieron mi viejo con el abuelo, no era de diseño — era de obra, adornada con ladrillitos de cerámica Alberdi, con los fierros un poco oxidados. No importaba. Funcionaba. Y durante las siguientes tres o cuatro horas la casa se llenaba de ese olor que todo argentino reconoce con los ojos cerrados: humo, grasa que gotea sobre las brasas, carne que se va dorando despacio. La radio con el partido de fondo. Los pibes entrando y saliendo del patio. El vecino asomando la cabeza por la medianera: “¿A qué hora se come, che?”


Nadie — absolutamente nadie — pensaba que eso fuera un privilegio. No era un lujo. No era una celebración especial. Era sábado. Había sol. Había carne. Había fuego. Era la vida.



Eso que parecía eterno y trivial — tan natural como respirar, tan argentino como el mate — hoy es cada vez más inaccesible para millones de familias. En 1960, cuando ese sábado era la norma, consumíamos 98 kilos de carne per cápita por año. En 2024, según la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (CICCRA), llegamos a 47 kilos. La mitad. El consumo más bajo en 30 años. El asadito del sábado se convirtió en el asadito del mes, si llega.


Hoy, febrero de 2026, el kilo de asado de novillito supera los $20000 en cualquier carnicería de barrio del país. En cadenas de Capital Federal trepa a $25000. El vacío: $28000. Un asado completo para una familia de cuatro — carne, achuras, pan, ensalada, algo para tomar — supera los $140000. Para un trabajador que cobra el salario mínimo, eso es casi la mitad de lo que gana en un mes. La mitad. Por un asado.


Y entonces la pregunta que este ensayo va a responder es una sola, y es muy sencilla:


¿Cómo puede ser que el octavo país del mundo en extensión territorial — 2,78 millones de kilómetros cuadrados de superficie continental —, con apenas 46 millones de habitantes — puesto 35° en población mundial —, con 17 personas por kilómetro cuadrado y la llanura más fértil del planeta, no pueda darle un asado por semana a cada familia?


¿Cómo puede ser que eso sea difícil?


La respuesta es: no es difícil. Es extraordinariamente sencillo. Y a lo largo de este ensayo vamos a explicar por qué nos convencieron de lo contrario — y qué significa, en términos políticos, filosóficos y civilizatorios, cada vez que un argentino prende fuego un sábado a la mañana y dice esa frase que debería ser un derecho y no una nostalgia:


“Está lindo para un asadito.”


SECCIÓN 1: La Doble Trivialización

El asado como postal y como problema

Hay dos maneras de quitarle poder político a una práctica cultural. La primera es convertirla en decorado. La segunda es convertirla en culpa. Con el asado argentino se aplicaron las dos al mismo tiempo, y las dos funcionaron.


La postal

Puerto Madero, cualquier noche del año. Un turista brasileño o norteamericano se sienta en una parrilla de manteles largos frente al dique. Pide la “experiencia gaucha”: tira de asado, vacío madurado, provoleta, malbec de autor. Cubierto con vino: entre $70000 y $120000 pesos. En las parrillas más exclusivas — Cabaña Las Lilas, Cauce de los Fuegos — el número puede trepar mucho más. Un grupo de amigos puede dejar dos millones de pesos en una noche sin despeinarse. La experiencia es impecable: el asador de sombrero, la leña crepitando a la vista, el sommelier que explica la cepa. El turista saca fotos, sube stories, etiqueta Buenos Aires. El asado argentino funciona como marca global, como activo de exportación simbólica, como gancho turístico de primer nivel.


A veinte cuadras de esa mesa, en Barracas o en La Boca, una familia de cuatro estira los fideos con tuco porque el kilo de novillito pasó los $20000 y el asado del sábado dejó de ser una posibilidad hace meses. No hace falta cruzar provincias para ver la fractura. Alcanza con cruzar unas cuadras.



Argentina vende asado al mundo y se lo niega a sí misma. Exporta la marca y se queda con la nostalgia.


No es solo una ironía — es una arquitectura al revés. El turista que viene a Argentina y paga USD 120 por un asado en Puerto Madero no está comprando un plato premium. Está comprando un fragmento de lo que significa ser argentino. Y ser argentino, en un país de 2,78 millones de kilómetros cuadrados con la pampa húmeda, 400 años de tradición ganadera y el mejor ganado del mundo, debería significar que el asado del sábado es tan natural como respirar. La verdadera experiencia argentina no es un restaurante con mantel blanco y sommelier. Es un patio con parrilla de obra, quebracho, la radio con el partido y tres generaciones alrededor del fuego. Eso es lo que el turista viene a buscar sin saberlo. Y eso es exactamente lo que millones de argentinos ya no pueden vivir. El problema no es que el turista pague caro. El problema es que el argentino que nació en esta tierra — con ese privilegio, con ese orgullo — no pueda hacer lo mismo que su viejo hacía sin pensarlo.


La culpa

La segunda trivialización es más sofisticada y más reciente. El asado como problema ambiental. La carne vacuna como símbolo de barbarie alimentaria, de atraso productivo, de irresponsabilidad ecológica. Esta narrativa no nació en Argentina — llegó importada, envuelta en papers de la FAO y recomendaciones de organismos internacionales.


El informe Livestock’s Long Shadow (FAO, 2006) calculó que la ganadería contribuye con el 14,5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. De ahí en adelante, la recomendación fue una sola: reducir el consumo de carne roja. Comer menos. Sustituir proteína animal por proteína vegetal. El mensaje se repitió en cada conferencia, cada cumbre climática, cada guía alimentaria. Y tiene sentido — en contextos de sobreconsumo. Estados Unidos consume 120 kilos de carne total per cápita por año. Europa occidental supera los 80 kilos. Ahí, efectivamente, una reducción puede ser razonable.


Pero Argentina no está en ese contexto. No para la carne vacuna.


En 2024, según la CICCRA, el consumo de carne vacuna per cápita fue de 47 kilos — el más bajo desde 1920. Más de un siglo. Y por primera vez en la historia, los argentinos consumieron más pollo que vaca: 49 kilos aviar contra 47 kilos de vacuna. Ese dato debería haber sido una alarma nacional. Fue apenas un párrafo en la sección de economía.


Aplicar a la Argentina las mismas recomendaciones de reducción que se diseñaron para países que comen el triple es como recetarle ayuno a un desnutrido porque en el hospital de al lado hay un obeso. No es ciencia — es mala praxis. Y los mismos que predican la reducción del consumo cárnico en foros internacionales no siguen sus propias recomendaciones cuando se sientan a cenar. Los menús de Davos incluyen wagyu y cordero patagónico. Pero eso lo desarrollaremos en el Ensayo 18, cuando le pongamos nombre y apellido a esa hipocresía.


Lo que importa ahora es entender la función de esta narrativa en suelo argentino: transformar al asado en problema le quita legitimidad política. Si comer carne es irresponsable, entonces reclamar que el sueldo alcance para un asado del sábado es un capricho. Y si es un capricho, no merece ser política pública. El ambientalismo importado — no el ambientalismo serio, que existe y es necesario — funciona aquí como anestesia: le dice al argentino que está bien comer menos carne, que es progreso, que es evolución, que el futuro es la quinoa y la hamburguesa de laboratorio. Mientras tanto, los contenedores de carne premium siguen saliendo por el puerto de Rosario rumbo a Shanghai y a Rotterdam.


Lo que ninguna de las dos narrativas dice

Ni la postal turística ni la culpa ambiental se detienen a hacer una cuenta muy sencilla. Una cuenta que debería ser el punto de partida de cualquier discusión seria sobre alimentación en este país:


Argentina tiene 2,78 millones de kilómetros cuadrados de superficie continental. Es el octavo país del mundo en extensión territorial. Tiene 46 millones de habitantes — puesto 35° en población mundial. La densidad es de 17 personas por kilómetro cuadrado. Diecisiete. Y tiene la pampa húmeda, una de las tres o cuatro llanuras más fértiles del planeta, con 400 años de tradición ganadera ininterrumpida.


Para dimensionar lo que eso significa: Australia tiene un territorio aún mayor — 7,69 millones de km² — y una población menor: 26 millones de habitantes. El consumo total de carnes per cápita australiano fue de 105 kilos en 2024, según datos del USDA compilados por la Bolsa de Comercio de Rosario. Australia no tiene nada que nosotros no tengamos. Ni mejor tierra, ni mejor pasto, ni mejor tradición. Tiene algo que nosotros perdimos: políticas ganaderas que no le hacen la guerra al propio productor.


Darle un asado semanal a cada familia argentina no es un problema técnico. No es un problema económico. No es un desafío logístico que requiera expertos internacionales, conferencias, papers, comisiones, organismos. Es un problema político. Y como todo problema político, tiene responsables — los identificamos en los Ensayos 1 al 5 — y tiene solución — la diseñamos en los Ensayos 6 al 9.


La doble trivialización — postal y culpa — cumple una función precisa: impedir que la pregunta correcta se formule. Mientras discutimos si el asado es folklore o si es carbono, nadie pregunta por qué 46 millones de personas sentadas sobre la tierra más fértil del mundo no pueden comer lo que esa tierra produce de sobra.


“Argentina exporta el asado como marca y lo importa como culpa. Vende la experiencia gaucha al turista y le niega la vaca al trabajador.” — El Fogón Soberano


SECCIÓN 2: La Arquitectura Social del Fogón

Por qué el fuego reúne lo que el mercado separa


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