COLUMNISTAS
De Madrid A Junín
Por qué el sueño de Felipe II puede despertar a la Argentina profunda
10/03/2026
Por Luis Gotte
Cuando Felipe II eligió Madrid como capital del imperio, en 1561, donde no se ponía el sol, todos creyeron que había perdido el juicio. ¿Una aldea de apenas quince mil almas, sin puerto, sin rio navegable, sin ruta comercial importante, sin universidad, sin catedral, sin pasado glorioso? Los cortesanos se frotaban los ojos. El rey, sin embargo, veía lo que ellos no podían: el centro geométrico de la Península, la tierra de nadie donde ningún noble hiciera sombra al trono, el lienzo en blanco donde diseñar un futuro.
Tres siglos después, la provincia de Buenos Ayres padece la misma enfermedad que Toledo padeció ante Felipe II: una capital que asfixia en lugar de articular. La Plata, concebida como ciudad científica en el S. XIX, terminó convertida en satélite administrativo de la voracidad portuaria. Mientras el conurbano se desangra en su lucha por llegar al centro, el interior profundo mira con resentimiento una costa que concentra todo: el puerto, la aduana, la decisión, la vida.
Y ahí aparece Junín.
Junín no es hoy más de lo que era Madrid en 1561: una ciudad de paso, con tradición de frontera, herida aún por el recuerdo de los malones y la huella del ferrocarril que un día fue y ya no es. Pero Junín tiene lo que Madrid tuvo: centralidad geográfica, y no en cualquier sitio, sino en la Pampa Húmeda, la región más rica del planeta. Además, carece de poderes fácticos enquistados, tiene un gran potencial para este objetivo y, sobre todo, encierra la posibilidad de ser el corazón que bombea sangre a todo el cuerpo bonaerense sin privilegiar la cabeza sobre los pies: sus arterias -la Ruta Nacional 7 que une el Atlántico con el Pacífico, y las rutas 9 y 3 con sus empalmes que conectan el Norte Grande con la Patagonia- la convierten en el nudo donde todo confluye. Desde allí se puede irrigar desarrollo parejo, sin los privilegios de la costa ni el olvido del interior.
Porque el problema argentino no es sólo económico: es geométrico. Un país obsesionado con su puerto olvida que los imperios se sostienen desde el centro, no desde la orilla. Felipe II lo sabía: por eso dejó de lado a Lisboa, Sevilla, Valladolid y Toledo y se instaló en la meseta. Necesitaba equidistancia para gobernar un mundo circular. Nosotros necesitamos algo parecido: una capital provincial que mire con igual distancia a la región productiva de la Pampa Húmeda y que acompañe la producción de San Pedro a Tres Arroyo, de Adolfo Alsina a Punta Indio.
Trasladar la capital bonaerense a Junín no sería un capricho político: sería el primer acto de una geopolítica consciente desde los bonaerenses. Una capital sin las elites enquistadas, sin los grupos de interés que secuestran la voluntad general; una capital que fuera solo capital y que tuviera una única razón de existir: servir a la producción de la provincia, a su crecimiento armónico y al desarrollo de todos sus territorios. Una capital sin pasado que la condicione, sin poderes fácticos que la tutelen, sin más identidad que la que la provincia quiera darle. Una capital, en fin, que pueda ser moldeada desde cero a imagen y semejanza del proyecto colectivo que los bonaerenses decidan construir. Como Madrid en 1561: una ciudad que crece con el Imperio.
El gesto fundacional de una provincia que decide crecer hacia adentro para proyectarse hacia afuera. Porque una Buenos Ayres fuerte, con desarrollo equilibrado en todo su territorio, es la única plataforma posible para que Argentina se convierta en la locomotora que la América Hispana necesita.
Y entonces sí, desde esa nueva centralidad, podremos hablar en serio de Patria Grande. No como consigna de acto escolar, sino como proyecto geopolítico: una Confederación de Naciones Hispanoamericanas que negocie unida a los recursos mineros y energéticos, el agua, los alimentos y los Tratados y Acuerdos. Con voz propia en este nuevo concierto global. Que seamos, por fin, el sujeto de nuestra propia historia.
Una provincia ordenada territorialmente puede ser la base de un país equilibrado; y un país equilibrado es la condición para que Hispanoamérica pueda pensarse como bloque.
Madrid fue la visión y la voluntad de un nombre, luego la capital de un Imperio. Junín puede ser primero voluntad de un pueblo, luego la locomotora de una provincia. Y de esa capital, si tenemos el coraje de construirla, puede nacer la nación que todavía estamos esperando.
Porque las capitales no nacen: se hacen. Como los imperios. Como las patrias.