COLUMNISTAS

El peronismo ante el mensaje venezolano

El nuevo límite impuesto por Estados Unidos

04/01/2026

Por Luis Gotte

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Si un presidente argentino asumiera hoy reivindicando la esencia doctrinaria del peronismo -esto es: soberanía política, independencia económica y justicia social- su programa no sería disruptivo por capricho ideológico, sino por coherencia histórica. Comprender que no hay gobierno posible sin empresas nacionales fuertes, sin industria propia, sin control estatal de los recursos estratégicos y sin un pueblo organizado, no es estatismo ni comunismo: es sentido común en clave nacional.

Sin embargo, el escenario internacional ha cambiado. Y lo ocurrido recientemente en Venezuela debe ser leído, antes que nada, como un mensaje disciplinador.

Estados Unidos ha dejado en claro que ya no distingue -o no le interesa distinguir- entre dictaduras, democracias formales o gobiernos populares cuando evalúa si un Estado “afecta su seguridad continental”. El criterio no es jurídico ni moral: es geopolítico. Y en esa lógica, todo proyecto que intente recuperar soberanía económica real, controlar recursos estratégicos o limitar la penetración de capitales externos, ONGs o grupos evangélicos puede ser considerado una amenaza. Lo que interpela de lleno al peronismo.

Desde su origen, el peronismo fue una doctrina de autodeterminación. No proclamada desde la retórica liberal, sino ejercida desde la práctica concreta: nacionalización de recursos, planificación económica, industrialización, sindicatos fuertes y política exterior autónoma. Eso fue leído históricamente como una herejía.

No es casual que el Gral. Juan D. Perón haya sido derrocado, proscripto y perseguido. Tampoco es casual que cada intento serio de reconstruir soberanía haya sido enfrentado con mecanismos internos y externos: golpes de Estado, endeudamiento inducido, bloqueo financiero, lawfare y colonización cultural.

Venezuela hoy no es un caso aislado: es la advertencia para los gobiernos de la América Hispana. El mensaje implícito: “Hasta acá pueden llegar”.

Lo que sucede en Venezuela marca un punto de inflexión peligroso. Ya no se trata solo de sanciones, bloqueos o presiones diplomáticas. El mensaje es más crudo: existen límites explícitos a la autodeterminación de los pueblos del continente. Y ese mensaje no está dirigido únicamente a Caracas, sino a todos los movimientos nacionales, populares y soberanistas de América Hispana.

En ese marco, un eventual retorno del peronismo en Argentina no solo sería observado: sería condicionado. No tanto en lo electoral -que podría ser tolerado- sino en lo doctrinario. Lo que se busca no es impedir que gobiernen, sino que piensen distinto. Que escriban distinto. Que formulen proyectos acotados, controlados, administrables. El disciplinamiento ya no es solo económico: es intelectual y político.

Aquí aparece el verdadero peligro. No la intervención militar directa -siempre costosa- sino la internalización del límite. Que los cuadros políticos nacionalistas comiencen a moderar su lenguaje, a abandonar conceptos como soberanía, autodeterminación o control estatal por temor a “provocar”. Eso sería la derrota más profunda.

El peronismo no nació para administrar una colonia con buenos modales, sino para organizar una Nación libre. Y esa vocación, por definición, choca con cualquier orden imperial, sea del S.XIX o del XXI.

El paralelismo histórico es incómodo pero necesario. En el S.XIX, Gran Bretaña no necesitó anexar formalmente China para dominarla: la convirtió en un mercado cautivo, un consumidor forzado, un territorio funcional a su economía. Las Guerras del Opio fueron la expresión militar de un orden económico impuesto. Hoy, América Hispana enfrenta una versión actualizada de ese modelo: países reducidos a exportadores primarios, consumidores de productos ajenos, dependientes financieros y disciplinados políticamente...y drogados. El peronismo rompió ese esquema. Y por eso incomoda. 

Venezuela se ha convertido en el precedente más peligroso desde nuestra emancipación. No por su modelo interno -discutible o no- sino porque marca el nuevo umbral de tolerancia imperial frente a la soberanía real.

El peronismo debe leer este escenario sin ingenuidad. Defender la autodeterminación no es un pecado: es un derecho. No somos patio trasero de nadie. 

Si el S. XXI impone límites, la tarea del peronismo no es achicarse, sino repensar estrategias sin abandonar la Doctrina. Porque cuando los pueblos renuncien a pensarse libres, ya no hace falta intervenirlos: se gobiernan solos como satélites. Y eso, para el peronismo, nunca será una opción.