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Isabel Perón, el árbol elegido para tapar el bosque

Se cumple un nuevo aniversario del natalicio de María Estela Martínez de Perón, nacida en La Rioja el 4 de enero de 1931.

04/02/2026

Por Luis Gotte

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Se cumple un nuevo aniversario del natalicio de María Estela Martínez de Perón, nacida en La Rioja el 4 de enero de 1931. Sobre Isabel se ha dicho de todo. No por exceso de interés histórico, sino por necesidad política: cargarle culpas que incomodan a muchos otros. Isabel no es un tema; es un recurso. El chivo expiatorio perfecto para que nadie rinda cuentas.

No vamos a recorrer su biografía. Para eso está la obra imprescindible de Diego Mazzieri, "María Estela Martínez por siempre de Perón". Tampoco vamos a enumerar políticas públicas. Vamos a otra cosa: a las verdades que no se dicen porque duelen, molestan e incomodan.

Isabel fue proclamada democráticamente como candidata a vicepresidenta el 4 de agosto de 1973, durante el Congreso Nacional del Partido Justicialista reunido en el Teatro Cervantes de la ciudad del Buen Ayre para acompañar al Gral. Juan D. Perón en las próximas elecciones. No cayó del cielo ni fue impuesta a dedo, como se acostumbra a ahora. Fue elegida. Argentina era un país devastado por años de dictadura, comenzando por el desgobierno de Onganía, que dejó un país fragmentado, violento y con una economía endeble.

El país estaba convulsionado. El accionar del ERP y Montoneros -financiado desde Cuba y apoyado por la URSS- no buscaba ampliar la democracia, sino volarla por los aires. El peronismo, como Movimiento y como herramienta política, estaba infiltrado por elementos ajenos a su historia y a su Doctrina: operadores de embajadas extranjeras, mercenarios ideológicos, traidores profesionales. Las lealtades eran líquidas. 

Atentados, asesinatos, secuestros, extorsiones. Empresas que cerraban, industrias que huían, capitales que se evaporaban. Había democracia, pero a estos sectores no les importaba. El objetivo era otro: forzar a la Argentina a una definición ideológica que Perón se negó a aceptar. No iba a declarar a la Nación un Estado socialista. La respuesta fue brutal: primero el cuerpo de Rucci, después el del padre Mugica. Mensajes mafiosos, de apriete.

Muere Perón. Y entonces queda Isabel. La primera mujer presidente de la historia argentina, con un hierro caliente en las manos que nadie quiso agarrar. Ni Balbín. Ni Alfonsín. Nadie. Muchos, incluso dentro del sistema político, veían el golpe de Estado como una “solución ordenadora”, una pausa sangrienta para luego “volver a la democracia”. Cinismo puro.

La guerrilla también presionaba por el golpe. Cuanto peor, mejor. Creían -con soberbia criminal- que el pueblo iba a acompañarlos. No entendieron nada. El pueblo argentino no quería socialismo ni guerra revolucionaria. Y esa soberbia terminó aplastándolos. Mientras tanto, algunos vivos entregaban nombres a las Fuerzas Armadas y hacían negocios con secuestros de empresarios. Eso tampoco suele decirse.

La Argentina era un caos. Y no porque Isabel lo hubiese creado, sino porque nadie quiso encontrar el equilibrio. Sin embargo, todos los males recaen sobre ella. Se omite la responsabilidad de Firmenich, que empujó a miles a la muerte; de Verbitsky, operador eterno; de la oligarquía vernácula, siempre dispuesta a entregar el país con tal de no perder privilegios.

Tampoco se habla del odio histórico de buena parte de las Fuerzas Armadas hacia el peronismo. De esa misma estructura que creó, a finde de los '60, la Triple A, entrenada con métodos franceses aplicados en Argelia. Los mismos que luego se usaron aquí. Serán las mismas Fuerzas Armadas que infiltraban a Montoneros desde el propio Ministerio del Interior.

Pero todo eso debe quedar tapado. Porque si se corre el velo, el relato se cae. Entonces se conserva el árbol. Se lo riega, se lo exagera, se lo demoniza. Y ese árbol es Isabel.

A nadie parece interesar entender la historia. Si la comprendiéramos, saldríamos a exigir explicaciones. Es mejor que los ’70 cierren con Isabel. Porque revisar a Isabel es revisar a todos. Y esa verdad, para muchos, sigue siendo insoportable.