COLUMNISTAS
El orgullo de ser bonaerense
Durante décadas, una narrativa pesimista se fue instalando en el imaginario colectivo bonaerense: que la provincia de Buenos Ayres no tiene nada bueno para ofrecer.
12/03/2026
Por Luis Gotte
Durante décadas, una narrativa pesimista se fue instalando en el imaginario colectivo bonaerense: que la provincia de Buenos Ayres no tiene nada bueno para ofrecer. Que el conurbano es invivible, que el interior está abandonado, que los municipios son incapaces de gestionar su destino. Esta idea, repetida en medios de comunicación y conversaciones cotidianas, fue erosionando silenciosamente algo fundamental: el orgullo de ser bonaerense.
El problema más profundo de esta desvalorización no es solo la injusticia que encierra, sino sus consecuencias prácticas. Cuando un pueblo comienza a creer que su propio territorio no vale la pena, pierde la voluntad de transformarlo. El desprecio por lo propio genera indiferencia, y la indiferencia abre la puerta al deterioro.
Sin embargo, basta mirar con atención para descubrir una realidad muy distinta.
La provincia de Buenos Ayres es una de las regiones productivas más importantes de América Hispana. En sus campos se producen alimentos que llegan a millones de mesas. En sus ciudades funcionan universidades, centros de investigación, parques industriales, cordones frutihortícolas y una red cultural consolidada. En sus barrios, miles de clubes, bibliotecas populares, sociedades de fomento y cooperativas sostienen la vida comunitaria incluso en los momentos más difíciles.
El conurbano no es solo el escenario de los problemas que aparecen en los noticieros. Es también un espacio de enorme vitalidad social, donde conviven el trabajo, la cultura popular y la solidaridad organizada. El interior bonaerense no es un territorio resignado: es una red de pueblos y ciudades que sostienen la producción, la educación y formas de vida profundamente cooperativas. La costa, mucho más que una postal turística, es territorio de trabajo, pesca, identidad cultural y comunidad.
Fortalecer el orgullo provincial no significa negar los problemas. La pobreza, la desigualdad territorial, la inseguridad y la falta de infraestructura son realidades que requieren respuestas serias. Pero reconocer las dificultades no implica despreciar lo que somos.
Al contrario: solo los pueblos que valoran su propio territorio pueden transformarlo.
El orgullo bonaerense no nace de discursos oficiales ni campañas publicitarias. Nace en el club del barrio, en la cooperativa, en la escuela, en el emprendimiento productivo, en la organización vecinal. Cuando los vecinos participan, los municipios se fortalecen. Y cuando los municipios se fortalecen, la provincia deja de ser un territorio administrado desde lejos para convertirse en una verdadera comunidad política.
Recuperar el orgullo bonaerense es recuperar la confianza en nuestras propias capacidades. Es entender que la provincia no es un problema que hay que soportar, sino una comunidad que vale la pena construir. Porque ser bonaerense no es solamente vivir en un territorio: es formar parte de una historia de trabajo, producción, organización social y esperanza.
Y cuando un pueblo vuelve a sentirse orgulloso de lo que es, empieza también a imaginar todo lo que puede llegar a ser.