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Del Saqueo Visible al Hambre Administrada(*). E16/20
Exportar Mientras el Pueblo Aguante. Ensayo 16: El Fogon Soberano
06/05/2026
Por Elio Guida
I. ROSARIO, MAYO 1989: LA IMAGEN QUE NO SE PUEDE BORRAR
Rosario, mayo de 1989. Una mujer entra a un supermercado. Agarra un sachet de leche. Antes de llegar a la salida, se detiene. Busca al encargado con la mirada. Le pide perdón. Sale.
Afuera, su hijo tiene hambre.
Esa misma semana, Argentina embarcó 180,000 toneladas de granos en el puerto de Rosario. Los silos estaban llenos. Los camiones, activos. Las góndolas, intactas para quienes podían pagar.
No fue una tragedia natural. Fue una consecuencia de un sistema que pone el precio del alimento por encima del derecho a comerlo.
Este patrón no nació en Argentina. Irlanda lo vivió en 1845. Ucrania en 1932. China en 1959. Siempre la misma secuencia: abundancia exportada, pueblo hambriento, narrativa oficial que niega la hambruna.
Pero Argentina agregó algo nuevo.
En 1989, el hambre se veía. La madre pedía perdón en la góndola.
En 2018, el FMI le exigió a Argentina fondos específicos para contener la reacción popular ante el ajuste. Carolina Stanley, ministra de Desarrollo Social, fue la encargada de ejecutarlo.
El hambre no desapareció. Aprendieron a ocultarla.
No fueron los primeros. El mecanismo que Argentina perfeccionó en 2018 tiene raíces de dos siglos. Antes de que existieran el FMI, los planes sociales o las transferencias condicionadas, otros Estados ya habían descubierto que exportar alimentos durante una hambruna es técnicamente posible si se controla la narrativa. Irlanda lo demostró en 1845. Ucrania en 1932. China en 1959. Cada caso afinó el método. Argentina lo modernizó. Trazamos una breve descripción de estos antecedentes desarrollado en las sucesivas secciones. Cerrando con un epilogo integrador.
II. IRLANDA 1845-1852: EL ALGORITMO FUNDACIONAL
Irlanda era una colonia. No en sentido metafórico: sus tierras pertenecían a terratenientes ingleses, sus cosechas salían en barcos ingleses, y sus campesinos solo podían cultivar un único alimento en las parcelas que les quedaban. La papa.
Cuando el hongo Phytophthora infestans destruyó las cosechas de papa entre 1845 y 1849, un millón de irlandeses murió de hambre. Otro millón emigró. Mientras tanto, Irlanda exportó trigo, cebada, avena, carne y manteca en cuatro mil barcos con destino a Inglaterra. Con escolta militar.
Charles Trevelyan, Secretario del Tesoro británico y responsable de la respuesta oficial, no ocultó su lógica: “La hambruna es un correctivo providencial.” El mercado siguió su curso. Los barcos siguieron saliendo.
John Mitchel, testigo y cronista irlandés, lo resumió en 1861: “El Todopoderoso envió el tizón de la papa. Los ingleses crearon la hambruna.”
Primera lección: el monocultivo impuesto no es una política agrícola. Es una trampa. Cuando falla el único cultivo permitido, no hay alternativa. El pueblo queda a merced de quienes controlan lo demás.
III. UCRANIA 1932-1933: CUANDO EL HAMBRE ES UNA ORDEN
Ucrania era el granero de Europa. No es una metáfora: el 68% de su territorio está cubierto de tierra negra, uno de los suelos más fértiles del planeta. Una capa oscura y esponjosa, rica en materia orgánica, que en algunos puntos alcanza varios metros de profundidad. Los científicos la llaman chernozem, que en ruso significa exactamente eso: tierra negra. Una cuarta parte de toda esa tierra negra del mundo se concentra en Ucrania.
Solo existen tres regiones comparables en la Tierra: las estepas del este europeo, las Grandes Llanuras de Norteamérica, y la Pampa argentina. El lector que conoce el interior de Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires ya sabe de qué hablamos: ese suelo oscuro, profundo y generoso que hizo de Argentina uno de los mayores productores de alimentos del mundo.
Las tres regiones más fértiles del planeta. Las tres, históricamente saqueadas.
En 1932, Stalin necesitaba divisas para industrializar la Unión Soviética. Ucrania tenía el grano. La colectivización forzosa había eliminado la propiedad privada de la tierra: los campesinos ya no eran dueños de lo que sembraban. El Estado fijaba las cuotas de entrega. Y las cuotas no admitían negociación.
Cuando la cosecha de ese año resultó insuficiente para cumplirlas, el régimen no las redujo. Las mantuvo. Y envió brigadas a requisar hasta el último grano almacenado, incluyendo las semillas reservadas para la siembra del año siguiente. Sin semilla no hay cosecha. Sin cosecha no hay comida. La ecuación era simple. Y deliberada.
El 7 de agosto de 1932 se promulgó la llamada Ley de Espigas: recolectar granos caídos del suelo era delito penado con muerte o diez años de cárcel. Se aplicó. Miles de sentencias por “robar” lo que había crecido en la tierra de sus propios abuelos.
Cordones militares impedían a los campesinos abandonar las aldeas. Prohibido mendigar en las ciudades. Los trenes cargados de trigo ucraniano pasaban frente a las aldeas vacías. Destino: los puertos de exportación.
Entre 1932 y 1933, la Unión Soviética exportó 1,8 millones de toneladas de grano. El pico de exportaciones coincidió con el pico de muertes. Entre 3,5 y 5 millones de ucranianos murieron de hambre.
Viacheslav Molotov, Comisario del Pueblo, firmó las órdenes. Los documentos están. Los nombres están.
Segunda lección: no hace falta una guerra para matar de hambre a un pueblo. Alcanza con controlar lo que siembra, lo que cosecha y lo que come.
IV. China 1959-1961: El Gran Salto al Vacío
Mao Zedong había prometido lo imposible: superar a Inglaterra en producción industrial en quince años. Para financiar ese salto, China necesitaba exportar. Y lo que China tenía para exportar era grano.
El Gran Salto Adelante de 1958 reorganizó toda la vida rural en comunas. Los campesinos ya no cultivaban su tierra: trabajaban para el Estado. Los comedores comunales reemplazaron las cocinas familiares. Quien controlaba el comedor, controlaba quién comía y quién no.
Las cuotas de producción eran irreales. Los funcionarios locales, aterrados ante la posibilidad de ser purgados, inflaban las cifras. Beijing requisaba basándose en números falsos. Las aldeas entregaban todo. No quedaban reservas. No quedaban semillas.
Mao conocía las cifras reales. En la Conferencia de Lushan de 1959, cuando algunos funcionarios se atrevieron a señalar el desastre, los silenció. Mantuvo las exportaciones. Entre 1959 y 1960, China exportó 4,7 millones de toneladas de grano para pagar maquinaria soviética y sostener su imagen internacional.
Entre 15 y 36 millones de chinos murieron de hambre. La cifra exacta sigue en disputa. Lo que no está en disputa es que los trenes de exportación siguieron saliendo mientras las aldeas se vaciaban.
Tercera lección: cuando la narrativa del progreso necesita ser sostenida a cualquier costo, el costo lo paga siempre el que produce el alimento y no puede pagarlo.
V. Argentina 1989: El Modelo Llega a Casa
No fue en otro continente. No fue hace dos siglos. Fue aquí.
Rosario, mayo de 1989. La misma ciudad de la apertura. Los mismos silos llenos sobre el Paraná. Las mismas góndolas vacías para quienes no podían pagar. Ese año Argentina exportó 9,5 millones de toneladas de granos. Los puertos no pararon un solo día.
Pero esta vez el patrón tenía algo diferente: se podía ver. Las cámaras filmaban. Las imágenes viajaban. Una madre pedía perdón antes de agarrar un sachet de leche. Esa imagen no necesitaba explicación en ningún idioma.
Irlanda tuvo sus muertos en silencio colonial. Ucrania tuvo sus cordones militares. China tuvo su censura. Argentina 1989 tuvo algo que ninguno de los casos anteriores había tenido: testigos con cámara en mano.
Y eso lo cambió todo. La visibilidad del hambre generó una crisis política inmediata. El gobierno de Alfonsín cayó meses antes de terminar su mandato. El costo de dejar que el hambre se viera era demasiado alto.
Alguien tomó nota.
Cuarta lección: el hambre visible es políticamente insostenible. La solución no es eliminar el hambre. La solución es eliminar su visibilidad.
VI. Argentina 2018-2025: La Ingeniería de la Invisibilidad
A. El FMI sabía lo que iba a pasar
En junio de 2018, Argentina firmó con el FMI el préstamo más grande en la historia del organismo: 57.100 millones de dólares. El acuerdo tenía cuatro pilares declarados: equilibrio fiscal, reducción de inflación, confianza del mercado, y protección de los más vulnerables.
El cuarto pilar es el que interesa.
Por primera vez en la historia de sus acuerdos, el FMI incluyó una cláusula explícita: el gasto social debía permanecer por encima de un piso mínimo. Y si las condiciones sociales empeoraban, se habilitaba gasto adicional en asistencia. Christine Lagarde, directora del organismo, lo anunció como una innovación humanitaria.
No era humanitaria. Era técnica.
El FMI sabía exactamente qué iba a generar el ajuste. Los recortes de 2018 eran comparables en magnitud a los de 1989. La diferencia es que en 1989 nadie había diseñado un sistema para que el hambre no se viera en las calles. Esta vez sí.
La cláusula no decía “resolver el hambre”. Decía “contener la reacción popular”. Son dos cosas distintas. Una ataca la causa. La otra administra el síntoma.
B. Carolina Stanley y las Organizaciones Sociales:
El Arte de Administrar sin Resolver
Carolina Stanley llegó al Ministerio de Desarrollo Social en diciembre de 2015. Abogada, militante del PRO desde 2003, hija de un ex CEO del Citibank. No era la ministra que las organizaciones sociales esperaban de un gobierno de Cambiemos. Y sin embargo fue la que más tiempo les dedicó.
Su método era el diálogo. Mate en mano, reuniones largas, acuerdos concretos. Juan Grabois, Emilio Pérsico, Daniel Menéndez: referentes de organizaciones históricamente combativas que terminaron sentados frente a ella negociando montos y programas. La prensa la llamó “la cara social del ajuste”. No era un insulto. Era una descripción.
Cuando el acuerdo con el FMI recrudeció el ajuste en 2018, Stanley concentró en su ministerio el 63,9% del gasto social total del Estado nacional. Luego absorbió el Ministerio de Salud. Una sola cartera, un solo presupuesto: más de 53.000 millones de pesos para administrar el dolor social del ajuste.
Los instrumentos fueron dos. El Salario Social Complementario, acordado con la CTEP y otras organizaciones, pasó de 713 millones de pesos en noviembre de 2017 a 1.621 millones en diciembre de 2018. El programa Hacemos Futuro reemplazó al Argentina Trabaja y al Ellas Hacen, incorporando 261.000 beneficiarios con un cambio clave: ya no gestionaban las organizaciones. El pago era directo, por ANSES. Las organizaciones quedaron fuera del circuito de distribución.
Aquí hay que ser precisos porque es fácil equivocarse.
Las organizaciones sociales no fueron cómplices. Fueron instrumentos. Argentinos que habían perdido su trabajo genuino, su capacidad productiva, su derecho a ganarse la vida con las manos, convertidos en administradores forzosos de la pobreza ajena y propia. Negociaban porque no había otra opción. Porque si no negociaban, los fondos no llegaban. Y si los fondos no llegaban, la gente de sus barrios no comía.
El sistema no los corrompió. Los atrapó.
C. Los Números que el Sistema Prefiere No Mostrar Juntos
Los datos de la AUH existen. Son públicos. Están en ANSES, en la Oficina de Presupuesto del Congreso, en informes de UNICEF y la FAO. El problema no es que estén ocultos. El problema es que nadie los pone juntos en la misma tabla con la pregunta correcta.
La pregunta correcta no es: ¿cuánto gasta el Estado en asistencia social?
La pregunta correcta es: ¿por qué cada vez más argentinos necesitan esa asistencia?
En quince años, los beneficiarios crecieron un 111%. Más del doble.
Ningún gobierno de ese período —kirchnerismo, macrismo, albertismo, mileísmo— redujo la cantidad de argentinos que dependen de asistencia alimentaria del Estado. Todos la aumentaron. Porque ninguno atacó la causa: la destrucción sostenida del empleo genuino y de la capacidad productiva del país.
La AUH no es el problema. Es el termómetro. Y el termómetro lleva quince años subiendo.
En 2018, mientras el FMI celebraba la “protección de los más vulnerables” y Stanley negociaba con las organizaciones, la FAO y cuatro organismos de Naciones Unidas publicaron un dato que nadie quiso leer en voz alta: entre 2016 y 2018 se sumaron casi seis millones de argentinos en situación de inseguridad alimentaria moderada o grave. Total: 14,2 millones de personas. Uno de cada tres argentinos.
Los silos seguían llenos. Los puertos seguían activos.
Cierre de Sección VI
La madre de Rosario 1989 pedía perdón en la góndola. La imagen viajó. El gobierno cayó.
La madre de Rosario 2025 hace fila en un comedor comunitario con una tarjeta del Estado. La imagen no viaja. El sistema funciona.
Esa es la diferencia entre el hambre visible y el hambre administrada. No es una diferencia de magnitud. Es una diferencia de ingeniería.
Irlanda necesitó escolta militar para sacar el grano mientras el pueblo moría. Ucrania necesitó cordones sanitarios y una ley que penaba recoger espigas del suelo. China necesitó censura y purgas internas. Argentina 1989 no pudo evitar que las cámaras filmaran.
Argentina 2018 encontró algo mejor: transferencias directas, tarjetas, comedores, organizaciones sociales negociando en lugar de marchando. El hambre no desapareció. Aprendieron a ocultarla.
Y lo más revelador: en diciembre de 2021, el propio FMI reconoció que el acuerdo de 2018 no había cumplido sus objetivos. Entre ellos, explícitamente, proteger a los segmentos más vulnerables de la población.
Lo admitieron en un informe. Y no pasó nada.
VII. Epílogo: El Hambre No es un Accidente, es una Decisión
Cuatro casos. Cuatro continentes. Doscientos años de distancia entre el primero y el último. Y sin embargo, la misma secuencia invariable: tierra fértil, alimento exportado, pueblo hambriento, narrativa que niega o administra el hambre.
Lo que cambió no fue el mecanismo. Fue el packaging.
Trevelyan lo llamó “correctivo providencial”. Stalin lo llamó “resistencia kulak”. Mao lo llamó “costos necesarios del progreso”. El FMI lo llamó “protección de los más vulnerables”. Cuatro eufemismos para la misma decisión: el flujo exportador es más importante que el derecho a comer del pueblo que produce el alimento.
Argentina tiene hoy 7,4 millones de personas que dependen de asistencia alimentaria del Estado. Al mismo tiempo exporta más de 100 millones de toneladas de granos por año. No es una paradoja. Es una política.
La propuesta es concreta y tiene tres ejes:
El primero es un Sistema de Alerta Temprana: cuando el ratio entre exportaciones y consumo interno supere un umbral crítico, se activa automáticamente una revisión obligatoria. Sin excepciones. Ni compromisos con el FMI, ni contratos privados, ni “coyuntura internacional” justifican exportar mientras un argentino hace fila en un comedor.
El segundo es una Auditoría de Contención Social: todo fondo destinado a asistencia alimentaria debe reportar públicamente cada trimestre cuántos argentinos dependen de él, por qué no tienen trabajo genuino, y qué porcentaje del PBI se destina a administrar hambre versus generar capacidad productiva. Cuando el primer número supera al segundo, el Estado no tiene política social. Tiene un sistema de administración de la pobreza con certificación internacional.
El tercero es la recuperación ganadera desarrollada en ensayos anteriores: de 50 a 100 millones de cabezas en trece años. Proteína accesible, empleo genuino en el interior, soberanía alimentaria real. No tarjetas. No comedores. Trabajo y alimento producido y consumido en el mismo territorio.
La madre de Rosario 1989 pedía perdón porque no tenía otra opción.
La madre de Rosario 2025 no pide perdón. Hace fila. Se acostumbró.
Ese es el verdadero éxito de la ingeniería de la invisibilidad: cuando el hambre administrada deja de indignar.
El Fogón Soberano existe para que no nos acostumbremos.
Desde aquella primera publicación del 13 de diciembre de 2024 hasta este sábado 25 de abril de 2025, El Fogón Soberano lleva dieciséis ensayos ininterrumpidos. Lo que comenzó como una exploración del asado como acto político se convirtió en una arquitectura de pensamiento sobre soberanía alimentaria, control de la proteína, historia comparada y propuesta concreta. El Ensayo 17 continuará profundizando en la arquitectura del control alimentario global: los organismos internacionales, las corporaciones y los mecanismos financieros que deciden, desde afuera, qué come cada pueblo. El Fogón sigue encendido.
(*) Nota del editor
El hambre lleva artículo masculino por una regla fonética del español: los sustantivos femeninos que comienzan con “a” o “ha” tónica adoptan el artículo “el” para evitar la cacofonía de “la hambre”. Sin embargo, el sustantivo es femenino. Los adjetivos, pronombres y participios que lo acompañan van siempre en femenino: el hambre oculta, el hambre administrada. El título de este ensayo respeta esa regla. Escribir “la hambre” no es incorrecto en todos los contextos, pero “el hambre” es la forma normativa consagrada por la Real Academia Española y el uso hispanoamericano extendido.
Rosario, Argentina · 25 de Abril de 2026
© Disponible para compartir citando al autor · Para uso educativo y reflexión cívica.
Elio Guida Aseguramiento de la Calidad – Especialista en Sistemas Productivos. Escritor – Analista de Sistemas Alimentarios – Promotor de Soberanía Alimentaria.
Blog: Ecología y Alimentos ecologiayalimentos.wordpress.com
Substack: https://elioguida.substack.com/
Rosario, Argentina – Abril 2026