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De la sabiduría del Arquitecto
La sabiduría es el reflejo de la luz eterna
29/05/2026
Por Alberto Campo Baeza
La sabiduría es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos.
Es más bella que el sol y que todas las constelaciones; comparada a la luz del día, sale ganando, pues a éste le releva la noche, mientras que a la sabiduría no le puede el mal. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.
Libro de la Sabiduría 7, 22-8, 1
T.S. Eliot hace una precisa distinción entre información, conocimiento y sabiduría. Primero en su poema Choruses from The Rock, de 1934, y luego en su paradigmático ensayo What is a Classic?, el texto del discurso magistral que pronunció ante la Sociedad Virgiliana de Londres el 16 de octubre de 1944, del que tengo un ejemplar original editado en 1945 por Faber & Faber que es una maravilla.
En Choruses from The Rock escribe: “Where is the wisdom we have lost in knowledge?/ Where is the knowledge we have lost in information?”,(¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?)
Y en What is a Classic? escribe: “In our age, when men seem more than ever prone to confuse wisdom with knowledge, and knowledge with information.”(En esta época nuestra en la que los hombres son más propensos que nunca a confundir la sabiduría con el conocimiento y el conocimiento con la información).
Cada vez soy más ferviente admirador de T.S. Eliot. A lo mejor por las mismas razones que nos da Octavio Paz en su discurso de aceptación del premio T.S. Eliot: “El imán que me atrajo fue la excelencia del poema, el rigor de su construcción, la hondura de la visión, la variedad de sus partes y la admirable unidad del conjunto”.
T.S. Eliot era un verdadero sabio, además de un maravilloso poeta, un poeta sabio. Porque debo confesar, atrevida confesión, que a mí, que sólo sé que no sé nada, lo que me gustaría es llegar a ser un arquitecto sabio, como lo fueron mis maestros. Y de la misma manera que al hablar de la belleza les digo a mis alumnos que ellos, como arquitectos, también pueden alcanzar la belleza que no está reservada a unos seres especiales, ahora también les digo que pueden llegar a ser sabios. Que pueden alcanzar la sabiduría. Intentaré explicarme.
Tener toda la información está muy bien, porque si después la filtramos y la ordenamos con criterio, podemos llegar al conocimiento. “Es una persona con grandes conocimientos”, decimos a veces de alguien. Pero esto no basta. Porque, después, si no se es capaz de procesar esos conocimientos, no sirven para nada. Pero si los “cocinamos”, si los elaboramos con un fin preciso, es cuando se activan, cuando se vuelven verdaderamente útiles. Que es lo que hacen los sabios.
Estoy convencido de que, igual que la belleza, la sabiduría no está reservada sólo a unos pocos. Todos los sabios que he conocido coinciden en ser, en lo personal, normales, sencillos, próximos, en una palabra, humildes.
Información
Hoy día tenemos más fuentes de información que nunca, a través de los medios informáticos. Nunca he sabido dónde están metidas esas miles de personas que producen y ordenan y ponen a nuestra disposición esa cantidad tal de información. Google y sus congéneres son admirables. Disponen y nos hacen disponer de una información exhaustiva y ordenada que hace que algunos piensen que ya no son imprescindibles las bibliotecas. Aunque esto nunca pueda ni deba ser así. Pero si la biblioteca de Alejandría ardiera, bastaría que alguien hubiera tenido la precaución y la paciencia de almacenar toda esa información digitalizada y que así ocupa tan poco espacio físico, para que el desastre tuviera remedio.
Recuerdo mi último año sabático en Columbia University en Nueva York. Todos los días pasaba un tiempo largo leyendo y escribiendo, estudiando, en su estupenda Avery Library, que es donde tiene su sede la Escuela de Arquitectura. Yo era la única persona en aquella biblioteca que tenía libros sobre mi mesa y que escribía a mano, llenando mis libretas con presura. El resto, en un silencio sepulcral, estaba sumido en sus ordenadores, aislado con sus auriculares, e iluminado por la luz divina de sus pantallas. Casi nunca vi a nadie levantarse a consultar ningún libro, ni escribiendo nada a mano.
Y toda esa información abrumadora está ahora a disposición de los millones de usuarios, de personas que la mayoría de las veces pierden el tiempo con tonterías en sus iPad, iPhone e iPod.
Porque la información no deja de ser sencillamente información. Si no se procesa, permanece como un material inerte. Quizás sirve para hacer de alguien un erudito. En la escala del saber, tener toda la información es quedarse en los primeros escalones de la escalera que sube a la sabiduría.
Conocimiento
Pero si la información se procesa, se ordena, se elabora, se accede al estadio siguiente que es el conocimiento. Siempre que escribo algún texto, lo primero que hago es preparar un guion. Claro que antes he de encontrar una buena excusa para acometer ese tema. En este caso, la lectura del maravilloso texto de T.S. Eliot ¿Qué es un clásico? que casualmente me regalaron dos veces en una misma semana, en una preciosa edición pequeñita de la Universidad Nacional Autónoma de México de 2013 en castellano. Y para colmo, hoy me ha llegado desde Alemania un ejemplar de segunda mano de What is a classic? de T.S. Eliot en inglés, en la edición de Faber&Faber, en la Fourth Impression May Mcml Printed in Great Britain by R. Mac Lehose and Company Limited The University Press Glasgow. Una joya.
Cuando, teniendo una gran cantidad de información, y tras guardarla en nuestra memoria, se estudia y se empieza a ponerla en relación, se acaba teniendo un cierto conocimiento sobre el tema de que se trata. Lo que siempre hemos entendido como estudiar un tema.
Y así, entiendo que una Escuela, en mi caso una Escuela de Arquitectura, es un instrumento no sólo de transmisión de la información sino también de su elaboración. Es un instrumento para la producción de conocimientos, y para su transmisión. Como el café en grano, que necesita ser seleccionado, tostado, molido, y filtrado con agua caliente hasta obtener el delicioso brebaje. Y, quizás, tras la ingestión de ese café estupendo, las neuronas se despierten y hasta hagan que podamos acceder a la sabiduría.
Llevo varios años estudiando las Meditaciones de Marco Aurelio (121-180 dC), el texto que nuestro estoico emperador escribió en griego. Tengo ya 63 ediciones distintas en varias lenguas, y huelga decirles el enorme disfrute que me produce cada vez que entro allí. Pero les aseguro que todavía “no sé nada” sobre tan sorprendente personaje, ni sobre su obra, aunque ya me haya atrevido a publicar algo sobre él y sobre las numerosas ediciones de ese texto maravilloso.
Recuerdo que de niño, siempre veía a mi padre estudiando. Y yo me preguntaba: con lo que sabe ¿por qué sigue estudiando? Mi padre era cirujano y fue un tiempo auxiliar del Catedrático de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valladolid. Su expediente era brillantísimo. Y él era un verdadero sabio que nos dio ejemplo toda su vida, sin dejar nunca de estudiar. Lo que yo, ahora, procuro no dejar de hacer.
“El conocimiento es la ciencia, un saber que, a partir de muchos datos, y combinando inducción y deducción, no me dice lo que es, sino lo que puedo hacer. La ciencia me dice lo que puedo hacer, pero no lo que debo hacer.” Así se expresa Emilio Lamo de Espinosa en un claro ensayo sobre información, ciencia y sabiduría. Del sentido último de nuestra existencia se encarga la sabiduría. Sin sabiduría, la ciencia no pasa de ser un archivo de instrumentos. Y termina con un: “Vivimos anegados de información, con sólidos conocimientos científicos, pero ayunos casi por completo de sabiduría”.
Sabiduría
Siguiendo a T.S. Eliot, tras la información y el conocimiento, viene la sabiduría. Pero, ¿qué es realmente ser sabio? ¿Saberlo todo de todo? ¿Saberlo todo de algo? Porque tras conocer una gran cantidad de cosas de alguna materia, podríamos dar un paso más, deberíamos llegar a algo más.
Quizá sería algo parecido al diagnóstico de un médico. Tras tener toda la información del enfermo, y filtrada por los conocimientos del doctor, todo debería desembocar en un diagnóstico preciso, capaz de solucionar el problema.
En el Libro de los Reyes, se nos cuenta cómo el joven rey Salomón le pide a Dios un oído atento, y cómo Dios le concede el don de la Sabiduría.
Ahora, Señor mi Dios, me has hecho rey en lugar de mi padre David. No soy más que un muchacho, y apenas sé cómo comportarme. Yo te ruego que le des a tu siervo discernimiento para gobernar a tu pueblo y para distinguir entre el bien y el mal.
A Dios le agradó que Salomón hubiera hecho esa petición, de modo que le dijo:
Como has pedido esto, y no larga vida ni riquezas para ti, ni has pedido la muerte de tus enemigos, sino discernimiento para administrar justicia, voy a concederte lo que has pedido. Te daré un corazón sabio y prudente, como nadie antes de ti lo ha tenido ni lo tendrá después.
Por eso, cuando hablamos de sabiduría, no podemos dejar de citar al rey Salomón, al sabio Salomón. La sabiduría como capacidad de discernimiento.
De la sabiduría de la arquitectura
Claro que alguno de ustedes dirá: ¿qué hace un arquitecto hablando sobre la sabiduría? ¿Por qué? ¿Para qué? Lo hago porque, entre otras muchas razones, creo que, para hacer la mejor arquitectura posible, conviene ser sabio. “El que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”, decía Marañón. Pues, el que sólo sabe de arquitectura, ni de arquitectura sabe, digo yo.
Recuerdo bien a mis maestros, a los arquitectos que fueron mis profesores en la Escuela de Arquitectura de Madrid, que eran verdaderamente sabios. Que bien sabían discernir acerca de la arquitectura. Unían a su condición de profesores la de ser unos arquitectos extraordinarios. Eran unos verdaderos maestros. Sus críticas de Proyectos eran clases donde hablaban de todo. De su repleto pozo de sabiduría emergía la Filosofía o la Historia o la Música o la Poesía, de la manera más natural. Aquello era algo más que información y mucho más que sólo conocimiento. Aquello era sabiduría.
Y es que aquellos maestros eran sabios. Francisco Javier Sáenz de Oíza en sus clases apocalípticas, Alejandro de la Sota en sus clases calladas, Javier Carvajal en sus clases precisas, Julio Cano Lasso en sus clases preciosas y Miguel Fisac en sus clases sin clases. Todos ellos eran verdaderos sabios. Todos ellos tenían capacidad de discernimiento sobre la arquitectura, y sobre la vida. De cada uno de ellos, empleando esa expresión tan española, se podía decir que era un pozo de sabiduría. Ya me gustaría a mí parecerme a ellos.
También lo eran aquellos catedráticos egregios de cuya mano pasé el curso Selectivo en la Facultad de Ciencias de Madrid en los años 60, antes de ingresar en la Escuela de Arquitectura. Nunca olvidaré. Enrique Gutiérrez Ríos, Salustio Alvarado o José Javier Etayo Miqueo, eran verdaderos sabios en aquellos temas tan complejos de la Química, la Biología o las Matemáticas. Tan sabios eran, que no sólo habían asumido el conocimiento de aquellas materias, sino que además nos las transmitían con una claridad meridiana, con un convencimiento convincente.
He publicado hace poco un texto sobre el “Proyectar es Investigar: un proyecto de arquitectura es un trabajo de investigación”. Porque creo firmemente que es así. Querría que ese escrito, como éste, fueran como cargas de profundidad. En aquel texto describo cómo, hace ya más de 30 años, me atreví a presentar en mis oposiciones a Cátedra un proyecto mío en construcción, la Biblioteca de Orihuela, como trabajo de investigación. Y todos los miembros de aquel generoso tribunal, con Oíza y Carvajal a la cabeza, llenos de sabiduría, lo entendieron perfectamente y lo aceptaron como tal trabajo de investigación.
De la Historia de la Arquitectura
¿Cómo no entender que la Historia de la Arquitectura, con mayúsculas, está llena de arquitectos que fueron sabios?
Ictinos y Calícrates (s. V aC), los arquitectos griegos del Partenón de Atenas eran verdaderos sabios. El Partenón, y antes la creación de la Acrópolis, fueron algo fuera del tiempo, de ayer, de hoy y de mañana. No en vano, tanto Le Corbusier como Mies van der Rohe, los arquitectos maestros de la arquitectura moderna, se fotografiaron delante de aquellas ruinas, como testimonio de su intemporalidad, y como reconocimiento de las raíces de su arquitectura, que es la nuestra.
Y, ¿no fue Apolodoro de Damasco (50 dC-130 dC), el arquitecto del Panteón de Roma, un verdadero sabio? Sin duda. La operación estructural y constructiva de esa maravilla no puede ser más que el resultado de una cabeza privilegiada de arquitecto. Cada vez que vuelvo a estudiar y a analizar el Panteón romano sigo sorprendiéndome y aprendiendo.
Y de Marco Vitrubio Polion (80 aC-15 aC) con su De Architectura, ¿qué podríamos decir? ¿Cuántas veces no habremos utilizado, de palabra y de hecho, su Utilitas, Firmitas y Venustas?
Andrea Palladio (1508-1580) era tan sabio, que además de hacer una arquitectura de primera, y escribir los Cuatro Libros de la Arquitectura, ha seguido influyendo sobre los arquitectos hasta nuestros días. Y así, Mc Kim, Mead y White (1869) levantaron de su mano los más representativos edificios de Columbia University en New York.
Cuando Miguel Ángel (1474-1564) ofició de arquitecto en el Campidoglio, mostró cuán sabio era, haciendo visible la esfera del mundo, haciéndolo emerger en aquel espacio nunca igualado. Y para colmo, colocó allí, en el centro del mundo, a nuestro Marco Aurelio a caballo, para hacer más visible aquella operación espacial. En su honor, tengo ahora sobre mi mesa una pequeña reproducción en bronce de esa maravillosa estatua ecuestre.
Y la sabiduría de Sir John Soane (1753-1837) era tanta que, para llevar la contraria al arquitecto del Panteón, para proponer su ligereza frente a la pesantez de la cúpula romana, hace que la luz de sus cúpulas suspendidas resbale por los bordes, haciendo que floten. Si esto no es sabiduría, venga Dios y lo vea.
Y Le Corbusier (1887-1965) y Mies van der Rohe (1886-1969) ¿qué podríamos decir de los dos viejos sabios? Ambos, los dos, se fotografían orgullosos en la Acrópolis delante del Partenón. Como queriendo dar testimonio de que ellos, los más modernos, tienen sus pies, sus raíces, puestas en la Historia, y así, revolucionar el mundo y construir la Historia nueva.
Y hasta Jorn Utzon (1918-2008), que, como un viejo druida, se retiró con su sabiduría a su casa de Mallorca. Todavía suenan los ecos no sólo de su ópera de Sidney, o de Can Lis, sino también de su “Platforms and Plateaus”, un texto clave suyo publicado en 1962 que tanto ha influido en tantos arquitectos.
Finale
Platón en El Banquete nos advertía:
Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía.
Para hacer las cosas de la mejor manera posible en la vida, en todos los campos, también en la arquitectura, deberíamos intentar acercarnos a la sabiduría, procurar ser sabios. No sólo tener toda la información, no sólo elaborarla y adquirir el conocimiento, sino sobre todo, luego, siempre, estudiar y discernir para, llegando a la alcanzable sabiduría, hacerlo como el mejor, o mejor que el mejor.
Y si hemos comenzado de la mano de T.S. Eliot, también vamos a terminar de su mano. Porque en definitiva, ese ser sabios no es más que conseguir conjugar el tiempo, presente, pasado y futuro. Lo que el poeta nos propone en “Burt Norton”, el primero de sus Four Quartets:
"Time present and time past
are both perhaps present in time future
and time future contained in time past.
If all time is eternally present
all time is unredeemable."
[El tiempo presente y el tiempo pasado
Quizás estén ambos en el tiempo futuro
Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado
Si todo el tiempo es eternamente presente
Todo tiempo es irrecuperable.]
Adenda
Recientemente ha caído en mis manos una joya poco conocida, el Protrépticus de Aristóteles. Traducido al castellano en 1983 por Alberto Buela en Argentina. En ese texto maravilloso, en sus fragmentos, se habla de la sabiduría con una claridad tal que debería yo recomendar a mis lectores y a mis alumnos, el cambiar este texto “De la sabiduría del arquitecto” por el texto del Estagirita. Seguro que saldrían ganando.
En el Protrépticus de Aristóteles se inspiró el emperador Marco Aurelio para escribir sus Meditaciones, y Cicerón para escribir su Hortensius. Y en el Hortensius se miró San Agustín para escribir muchos de sus textos admirables.
No me resisto a transcribir algunos fragmentos de ese Protéptico de Aristóteles, en la preciosa traducción de Alberto Buela.
Fragmento XXXVIII
Que la sabiduría es el más grande de todos los bienes y la más útil de todas las cosas resulta evidente a partir de esto: todos estamos de acuerdo que el hombre más virtuoso, que es por naturaleza el mejor, debe ser el que dirija. Y que solo la ley es la que dirige y tiene autoridad, esa que es expresión de la sabiduría y manifestación del pensamiento sapiencial.
Fragmento LIII
No debemos escapar a la filosofía si ésta es, como creemos, la adquisición y ejercicio de sabiduría. Ahora bien, la sabiduría se halla entre los más grandes bienes, y si por amor a las riquezas corremos muchos riesgos navegando hacia las columnas de Hércules, no deberíamos evitar fatigas y gastos en búsqueda de la sabiduría.
Nada hay pues más deseable que la sabiduría, de la que afirmamos que es la facultad de lo supremo que hay en nosotros.
Publicado en Palimpsesto Architectonico. Ed. Asimétricas. Madrid. 2018
P+C Proyecto y Ciudad, no. 9. Universidad Politécnica de Cartagena, 2018
Sharpening the Scalpel. Arcadia Mediática. Madrid, 2019
Insegnare l’Architettura. Due scuole a confronto. Emilio Faroldi, Maria Pilar Vettori. Lettera Ventidue Edizioni, Siracusa, junio 2020
Rewriting about architecture. Ed. ACB. Madrid, 2020
Reescribir sobre Arquitectura. Ediciones Asimétricas. Madrid, 2021
Siete Lecciones de Arquitectura. Ed. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid 2023