COLUMNISTAS

La Deconstrucción del asado. 2º Parte. E2b/20

DEMOCRACIA SIN SOBERANÍA (1989-2024)

04/01/2026

Por Elio Guida

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E2B. DEMOCRACIA SIN SOBERANÍA (1989-2024)


VII. EL MENEMATO: CUANDO VENDER NUESTRA CARNE SE VOLVIÓ “MODERNIZACIÓN” (1989-1999)

Si Alfonsín había probado que el radicalismo no sabía administrar una crisis, Menem vino a demostrar que el peronismo podía traicionar su propio legado con una eficacia escalofriante. El mismo partido que en 1974 había proclamado el “Modelo Argentino para un Proyecto Nacional” disolvió en 1991 —por decreto 2284— la Junta Nacional de Carnes, un organismo creado en 1933 para defender la soberanía alimentaria durante la Gran Depresión. La ironía histórica es brutal: lo que los conservadores de la Década Infame habían construido para proteger al consumidor argentino, los herederos del General lo demolieron con una lapicera.


El 31 de octubre de 1991, Menem apareció en cadena nacional rodeado de Domingo Cavallo, Guido Di Tella y Eduardo Duhalde para anunciar su “revolución productiva”. Sonaba épico. Era devastador. “Sin regulaciones absurdas, sin trabas improductivas, sin papeleos, sin poner un chaleco de fuerza a la creatividad”, prometió el presidente. Lo que no dijo es que ese “chaleco de fuerza” era lo único que impedía que nuestra carne se fuera al mejor postor mientras los argentinos comíamos cada vez menos asado. La Junta de Carnes, que regulaba exportaciones, fijaba precios sostén y protegía el abastecimiento interno, desapareció junto con la Junta de Granos. El mensaje era claro: el mercado lo resuelve todo. El resultado fue más claro todavía: el mercado resolvió exportar.


Los números son inapelables. En 1990, al inicio del menemismo, los argentinos consumíamos 68 kilos de carne vacuna por persona al año. Para 1999, ese número había caído a aproximadamente 64 kilos. Una reducción de 4 kilos en una década no parece dramática hasta que la ponés en contexto: veníamos de consumir 78 kilos en los ’70, 81 en los ’60, 92 en los ’50, y un récord histórico de 101 kilos en 1956. Cada década nos alejaba más del asado que había sido nuestra identidad cultural. Pero el menemismo no solo continuó esa caída —la legitimó. La vistió de modernidad. La vendió como progreso.


El Plan de Convertibilidad, lanzado en abril de 1991, fijó el peso en paridad 1 a 1 con el dólar. Durante unos años, la ilusión fue perfecta: la inflación se detuvo, los precios se estabilizaron, y los argentinos sintieron que vivían en un país europeo. Podías viajar a Miami y gastar como si fueras rico. Pero ese espejismo tenía un costo que se pagaba en el mostrador de la carnicería. La convertibilidad exigía dólares, y los dólares se conseguían exportando. ¿Qué exportaba Argentina? Carne, granos, todo lo que la tierra producía. El campo dejó de alimentar a los argentinos para alimentar al Banco Central.


En 1991 se eliminaron las retenciones a las exportaciones de carne. Era lógico dentro del paradigma neoliberal: había que “quitar trabas” para que el sector pudiera “competir internacionalmente”. El resultado fue inmediato: las exportaciones se dispararon, los frigoríficos exportadores ganaron fortunas, y el argentino promedio empezó a mirar la vitrina de la carnicería como quien mira la vidriera de una joyería —sabiendo que lo que está adentro es cada vez más inalcanzable. Durante la década del ’90, mientras el discurso oficial hablaba de “inserción en el mundo” y “eficiencia productiva”, la realidad era más prosaica: estábamos vendiendo nuestra comida para sostener una ficción cambiaria.


1997 marcó un punto de inflexión. Después de años de campaña sanitaria iniciada en 1989, Argentina fue declarada libre de fiebre aftosa en 1996. Al año siguiente se reabrieron las exportaciones de carne fresca, especialmente hacia Estados Unidos. Esto se presentó como un triunfo nacional —y técnicamente lo era—. La industria frigorífica se modernizó, se abrieron nuevos mercados, entraron divisas. Pero hay un detalle que el relato oficial omitía: cada tonelada que salía al mundo era una tonelada menos en los platos argentinos. La soberanía alimentaria no se mide solo en capacidad productiva, se mide en acceso real. Y el argentino promedio accedía cada vez menos.


El discurso menemista sobre la carne tenía una trampa conceptual brillante: confundía producir con comer. “Somos un gran país ganadero”, repetían. Cierto. “Exportamos carne de calidad al mundo”, agregaban. También cierto. Lo que no decían es que ser un gran exportador de carne no te hace un gran consumidor de carne si tu pueblo se empobrece mientras exportás. El menemismo vendió la idea de que exportar era sinónimo de progreso, cuando en realidad estábamos reproduciendo la lógica del granero del mundo de principios del siglo XX: producir para afuera mientras adentro la mesa se achica.


En 1998, el IVA —que había trepado del 13% al 21% en tres tramos durante la convertibilidad— se redujo al 10,5% para la carne. El gesto era bienintencionado pero insuficiente. ¿De qué servía bajar un punto impositivo cuando el problema estructural era que toda la carne de calidad se iba al exterior? Es como poner una curita en una hemorragia: técnicamente correcto, prácticamente inútil. El problema no era el precio nominal de la carne sino su disponibilidad real en un contexto de primarización exportadora.


Lo más perverso del menemismo fue su capacidad de vender subordinación como libertad. Disolverlas Juntas de Carnes y Granos, organismos estatales que regulaban mercados, se presentó como “liberación del mercado”. En realidad era liberación del mercado —liberarlo para que hiciera lo que siempre hace cuando no hay controles: concentrar ganancias arriba y distribuir escasez abajo—. Los frigoríficos exportadores celebraron. Los ganaderos grandes celebraron. El consumidor argentino se quedó mirando cómo su asado dominical se volvía más caro y más escaso, mientras le explicaban que esto era “insertarse en el mundo”.


La década del ’90 también marcó el inicio de un cambio cultural que se profundizaría en las décadas siguientes: el ascenso del pollo como sustituto de la carne vacuna. No por preferencia, sino por necesidad. Cuando el asado se vuelve artículo de lujo, la parrilla se reemplaza con el horno. Cuando 100 gramos de vacío cuestan lo mismo que medio pollo, la elección es obvia. El menemismo no solo redujo el consumo de carne vacuna —inauguró la era de la sustitución forzada. Empezamos a comer pollo no porque nos gustara más, sino porque no podíamos pagar el asado que habíamos comido durante generaciones.


Los defensores del modelo te dirán que durante los ’90 la economía creció, que hubo inversión extranjera, que se modernizó la infraestructura. Todo cierto. Pero preguntales cuántos kilos de asado podía comprar un salario mínimo en 1991 y cuántos en 1999. Preguntales por qué si Argentina era el “granero del mundo” sus habitantes comían menos carne que sus abuelos. Preguntales qué tipo de desarrollo es uno donde producís más pero comés menos de lo que producís. No te van a contestar. Van a cambiar de tema. Van a hablar de “eficiencia”, de “competitividad”, de “mercados”. No van a hablar del asado que desapareció de las mesas mientras ellos brindaban con champagne por la “modernización”.


El legado del menemismo en materia de soberanía alimentaria cárnica es cristalino: consolidó la lógica exportadora sobre la lógica alimentaria. Institucionalizó la idea de que Argentina produce carne para el mundo, no para los argentinos. Transformó un derecho —comer la carne que tu tierra produce— en un privilegio condicionado por tu capacidad de pago en un mercado internacional. Y lo hizo todo envuelto en retórica de progreso y modernidad, como si vender tu comida mientras tu pueblo come menos fuera un acto de soberanía y no de subordinación.


Cuando Menem dejó el poder en 1999, los argentinos consumíamos 64 kilos de carne vacuna al año. Habíamos caído 37 kilos desde el récord de 1956. Pero lo peor no era el número —lo peor era que ya nadie cuestionaba la caída. Ya estaba naturalizado que el asado fuera cada vez más escaso. Ya habíamos internalizado que “insertarse en el mundo” significaba exportar nuestra comida. Ya aceptábamos que ser el granero y la parrilla del mundo implicaba tener menos comida en nuestra propia mesa.


El menemismo no inventó la deconstrucción del asado argentino, pero la perfeccionó. La vistió de traje y corbata. La presentó en cadena nacional. Y nos convenció de que era modernización.


VIII. EL ESTALLIDO: CUANDO EL HAMBRE VENCIÓ A LA FICCIÓN (1999-2003)

El menemismo había vendido espejismos. De la Rúa heredó los espejos rotos. Y Duhalde tuvo que barrer los vidrios mientras los argentinos saqueábamos supermercados para no morir de hambre. Tres presidentes, cuatro años, una sola verdad: el asado argentino se había vuelto un bien de lujo mientras las heladeras estaban vacías y las calles ardían.


Fernando de la Rúa ganó las elecciones de octubre de 1999 prometiendo mantener la convertibilidad y “profundizar” el modelo. Era como prometer que un edificio en llamas iba a mejorar si le agregábamos más combustible. Para fines del 2001, Argentina estaba en recesión desde hacía tres años, el desempleo superaba el 20%, la mitad del país era pobre, y el Estado se endeudaba para pagar intereses de deudas anteriores. La convertibilidad se sostenía a fuerza de ajuste y de vender lo poco que quedaba por vender. Entre lo que se vendía, por supuesto, estaba nuestra carne.


El 2 de diciembre de 2001, Domingo Cavallo —el mismo que había disuelto la Junta de Carnes una década atrás— anunció el “Corralito”: nadie podía sacar más de 250 pesos o dólares por semana de su cuenta bancaria. La medida afectó principalmente a trabajadores informales, que en ese momento eran el 45% de la fuerza laboral. Si no podés sacar tu plata del banco, no podés comprar comida. Si no podés comprar comida, el hambre no tarda. Y el hambre, cuando es masivo y desesperado, no pide permiso.


El 14 de diciembre empezaron los saqueos. Primero en Entre Ríos y Santa Fe, después en el conurbano bonaerense: Lanús, Moreno, San Miguel, La Matanza, Quilmes, Avellaneda. Supermercados, carnicerías, frigoríficos, pizzerías. La gente entraba y se llevaba lo que podía. No televisores —aunque algunos oportunistas también los robaban— sino comida. Fideos, azúcar, aceite, carne. Una mujer en Córdoba rechazó la entrega de polenta frente a las cámaras de TV y reclamó carne: “Es Navidad”, dijo. Otra mujer en Ciudadela explicó llorando que no estaba robando, que solo necesitaba detergente y comida para sus hijos.


“Nos estamos cagando de hambre”, gritaban en los saqueos. No era una consigna política. Era un diagnóstico médico. El país que había exportado carne durante décadas, que se jactaba de ser el granero del mundo, tenía a miles de personas asaltando supermercados para conseguir proteínas. La postal más brutal del fracaso neoliberal no fue el helicóptero que sacó a De la Rúa de la Casa Rosada el 20 de diciembre —fue la imagen de madres con bebés en brazos llevándose cortes de carne de carnicerías saqueadas mientras la policía miraba sin intervenir.


Entre el 14 y el 22 de diciembre de 2001 murieron 39 personas. Cinco en Plaza de Mayo, nueve en Santa Fe, el resto en distintos puntos del país. Algunos cayeron por balas policiales, otros en enfrentamientos con comerciantes armados que defendían sus locales. La crisis era económica, pero las muertes eran reales. Y entre los muertos y los saqueadores había un denominador común: el hambre. Un hambre que el modelo había generado exportando nuestra comida mientras nos empobrecía.


Eduardo Duhalde asumió la presidencia en enero de 2002 con un país en ruinas y una promesa que no iba a cumplir: “El que depositó dólares, recibirá dólares”. El 3 de febrero, su ministro Jorge Remes Lenicov anunció la pesificación asimétrica: los depósitos en dólares se convertían a pesos a 1,40, pero las deudas en dólares seguían siendo en dólares a la cotización que fuera subiendo. Era una licuación brutal de ahorros. Miles de argentinos perdieron sus ahorros de toda la vida en una semana. Pero lo que nos interesa acá no es el robo financiero —que fue descomunal— sino su impacto en la mesa argentina.


La devaluación de enero-febrero 2002 hizo explotar los precios. El dólar saltó de 1 peso a más de 3 pesos en pocos meses. La inflación del 2002 cerró en 26%, la más alta desde 1991. Y como la carne se exportaba, su precio seguía al dólar. Cada vez que el dólar subía, la carne se encarecía, porque los frigoríficos preferían vender afuera donde cobraban en dólares que adentro donde cobraban en pesos devaluados. El argentino promedio, con su salario licuado por la devaluación y su poder adquisitivo destruido por la crisis, miraba la carnicería como había mirado el banco: sabiendo que lo suyo estaba ahí pero no podía acceder.


En marzo de 2002, Duhalde reimplantó las retenciones a las exportaciones que Menem había eliminado. Primero 10%, luego otro 10% en julio. Para la soja fueron del 23,5%, para la carne inicialmente del 5% (subiría al 15% en 2005). El argumento oficial era doble: recaudar para el Estado quebrado y “compensar” la devaluación evitando que todos los precios se dispararan. El argumento real era más simple: necesitaban plata urgente y el campo acababa de ganar fortunas con la devaluación. Las retenciones eran un intento desesperado de capturar parte de esa renta extraordinaria.


¿Funcionaron las retenciones para bajar el precio de la carne? No. La carne siguió cara porque seguía saliendo al exterior, porque el mercado interno estaba destruido, porque la demanda se había desplomado. Las retenciones recaudaron —sí— pero no garantizaron soberanía alimentaria. Seguíamos exportando mientras comíamos menos. El consumo de carne vacuna en 2003 fue de aproximadamente 60 kilos por habitante considerando todas las carnes. Habíamos caído 8 kilos desde el año 2000. Y lo más revelador: la caída no fue solo de vacuna —fue de toda la proteína animal. El país no estaba sustituyendo vacuna por pollo. Estaba comiendo menos proteína total. Estaba directamente más pobre.


El Plan Jefes y Jefas de Hogar, anunciado por Duhalde en abril de 2002 junto con las retenciones, fue el reconocimiento explícito de que el modelo no generaba trabajo y que el Estado debía asistir masivamente. Dos millones de personas cobraron ese plan en su momento pico. Dos millones de familias necesitando un subsidio estatal para comer. En el país de la carne, del trigo, de la soja. La paradoja era obscena: producíamos comida para el mundo mientras nuestros compatriotas necesitaban planes sociales para no morirse de hambre.


Lo más perverso de la crisis del 2001-2002 no fue el estallido en sí —los estallidos son consecuencia, no causa— sino lo que quedó naturalizado después. Quedaron naturalizados los planes sociales masivos. Quedó naturalizada la sustitución de carne vacuna por pollo porque “es más barato”. Quedó naturalizado que el asado fuera para domingos y feriados, no para todos los días. Quedó naturalizado que un país productor de alimentos tuviera hambre estructural. Quedó naturalizado que exportar comida mientras tu pueblo pasa hambre no es traición sino “política económica”.


Duhalde gobernó hasta mayo de 2003, cuando le pasó la banda a Néstor Kirchner. En esos 16 meses se sentaron las bases del modelo que vendría: retenciones altas, tipo de cambio competitivo (léase: devaluado), planes sociales masivos, y un discurso que presentaba todo esto como “nacional y popular”. Pero mirá los números: en 2003 consumíamos 60 kilos de carne por habitante contra 68 en la década del ’90, 78 en los ’70, 92 en los ’50. Cada década nos alejábamos más del plato de nuestros abuelos. ¿Eso es soberanía alimentaria?


La crisis del 2001 no fue solo un crack financiero. Fue el colapso de un modelo que llevaba décadas construyéndose: el modelo que dice que Argentina existe para exportar commodities, no para alimentar argentinos. Que el campo es para ganar dólares, no para garantizar proteína en cada mesa. Que la carne es un commodity internacional, no un derecho del pueblo que la produce. Frondizi lo había iniciado, Onganía lo había profundizado, Videla lo había ensangrentado, Alfonsín lo había tolerado, Menem lo había perfumado. De la Rúa lo dejó explotar. Y Duhalde recogió los pedazos y los volvió a ensamblar con el mismo diseño.


Los saqueos de diciembre de 2001 no fueron vandalismo. Fueron el pueblo recuperando por la fuerza lo que el modelo le había quitado por decreto. Fueron la respuesta desesperada a décadas de políticas que exportaban nuestra comida mientras nos empobrecían. Fueron madres con bebés en brazos gritando “nos estamos cagando de hambre” en el país de la carne. Y nadie —ningún político, ningún economista, ningún formador de opinión— pudo explicarles por qué tenían que pasar hambre en el país que alimentaba al mundo.


Esa pregunta, que quedó flotando entre los escombros de los supermercados saqueados, sigue sin respuesta.


IX. KIRCHNER: LA INTENCIÓN CORRECTA SIN ELITE PATRIOTA (2003-2007)

Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003 con apenas el 22% de los votos y un país en ruinas. Pero llegó con algo que Argentina no tenía hacía décadas: la intención explícita de que primero comiera el pueblo y después se exportara el excedente. No era retórica vacía—era política concreta. Y en marzo de 2006, cuando ordenó cerrar las exportaciones de carne por 180 días, lo hizo con una frase que debería estar grabada en bronce: “A los ganaderos no les interesa exportar a costa del hambre y el bolsillo del pueblo argentino”.


Esa frase era correcta. Era necesaria. Era lo que un presidente patriota debía decir. El problema no fue la intención. El problema fue que Argentina no tenía la elite que esa intención requería.


2005 fue el año del esplendor ganadero kirchnerista. El stock llegó a 58,5 millones de cabezas y seguía creciendo. La producción de carne vacuna alcanzó 3,132 millones de toneladas. Se exportaron 771.427 toneladas. El consumo interno estaba en 61 kilos por habitante al año. La participación de hembras en la faena era del 43,4%, un número saludable que indicaba reproducción sostenible. Era, según los especialistas del sector, uno de los mejores años que se recuerdan para la cadena de ganados y carnes. Un equilibrio virtuoso entre producción, exportación y consumo interno.


Pero ese equilibrio dependía de que los ganaderos aceptaran vender al mercado interno a precios razonables en pesos. Y cuando en 2005 la carne empezó a ponerse cara para los argentinos, el gobierno de Kirchner hizo lo que correspondía: intervenir para defender el consumo popular. En octubre de 2005 se implementó el peso mínimo de faena para aumentar la oferta. En diciembre, se eliminaron los reintegros a exportadores y se pusieron retenciones del 5%. En febrero de 2006 se creó el Registro de Operaciones de Carne. Y en marzo de 2006 vino el cierre de exportaciones.


La pregunta que nadie se hace es: ¿qué pasó en Alemania durante el Mundial de 2006 sin nuestra carne? Nada. Comieron otra cosa. ¿Y qué hubiera pasado en Argentina si en lugar de cerrar exportaciones seguíamos mandando carne afuera mientras los argentinos no podían comprarla? Eso sí hubiera sido un problema. Kirchner priorizó correctamente. Pero la elite ganadera argentina no estaba preparada para aceptar esa prioridad.


Porque acá está el nudo del asunto: *¿Cuál era la contrapartida para que nuestra población comiera más carne?*


La respuesta obvia sería: que los ganaderos argentinos produjeran para el mercado interno con rentabilidad razonable en pesos. Que entendieran que alimentar a 40 millones de argentinos con buenos salarios es más rentable y sustentable que exportar al precio internacional con mercados volátiles. Que construyeran su riqueza sobre un mercado interno robusto en lugar de perseguir eternamente el dólar exportador.


Pero eso requería algo que Argentina nunca tuvo: *una elite patriota*.


Una elite que dijera: “Mi país es Argentina, mi mercado principal son los argentinos, mi responsabilidad es alimentar a mi pueblo primero, y con el excedente exporto”. Una elite que entendiera que un trabajador argentino bien pagado que come asado tres veces por semana es mejor cliente que un consumidor alemán o chino al que le vendés una vez y capaz no te compra más. Una elite que pensara en generaciones, no en trimestres. Una elite que supiera que la verdadera riqueza no se mide en dólares en el exterior sino en desarrollo interno sostenible.


Esa elite no existía en 2006. Y no existe hoy.


Lo que existía —y existe— es una elite extractiva. Una elite que mira los precios de Chicago antes que los de Liniers. Que prefiere vender afuera porque “rinde más” aunque eso signifique que los argentinos no coman. Que liquida 10 millones de vacas cuando no puede exportar en lugar de ajustar su modelo de negocios al mercado interno. Que piensa su lugar en Europa, no en Argentina.


Y esa elite, cuando Kirchner cerró exportaciones, hizo lo que siempre hace: *boicotear*.


Entre marzo de 2006 y marzo de 2011, el stock de hacienda cayó 10 millones de cabezas. El 20% del rodeo nacional. ¿Por qué? Porque los ganaderos, imposibilitados de vender al precio internacional, liquidaron. “No me cierran los números”, dijeron. Y en lugar de repensar su estructura de costos, en lugar de ajustarse a una rentabilidad razonable en pesos, en lugar de entender que su responsabilidad era alimentar argentinos, mataron las vacas.


En diciembre de 2007, la faena de hembras llegó al 49,7%. Casi la mitad de los animales faenados eran las “fábricas de terneros”. Era sabotaje productivo disfrazado de decisión empresarial. Y el resultado fue previsible: entre 2006 y 2011, el precio promedio del kilo de carne explotó de $9,96 a $32,12. Un aumento del 223%. El consumo cayó de 62 kilos en 2005 a 55,5 kilos en 2011. Las exportaciones se desplomaron un 69%. Cerraron más de 100 frigoríficos. Se perdieron 10.000 a 12.000 empleos.


Ahora bien, ¿toda la culpa es de los ganaderos? No. Kirchner cometió errores graves en la implementación.


*Error número uno:* Los ROE (Registros de Operaciones de Exportación) que manejó Guillermo Moreno desde abril de 2006 se convirtieron en un sistema de discrecionalidad y corrupción. El Estado decidía quién exportaba, cuánto y cuándo, con opacidad total. Eso generó resentimiento legítimo y espacios para el negociado. Si vas a intervenir, tenés que hacerlo con transparencia y reglas claras.


*Error número dos:* No hubo plan productivo de largo plazo. Cerrás exportaciones, perfecto. ¿Pero qué incentivos das para que produzcan para adentro? ¿Qué financiamiento? ¿Qué apoyo técnico? ¿Qué visión de país a 10 años? Nada de eso existió. Fue puro control sin construcción.


*Error número tres, el más profundo:* Se intentó mantener la carne “barata” artificialmente en lugar de construir una economía de salarios altos. Este es el punto clave que vos planteás, Elio. El problema no es que la carne cueste “poco” en términos absolutos. El problema es que los salarios sean tan miserables que la carne se vuelva inaccesible.


Pensalo así: en 1960, un trabajador metalúrgico compraba 100 kilos de asado con su sueldo. En 2006, compraba 40 kilos. El asado no se había vuelto “caro”—el salario se había vuelto miserable. Entonces la solución no era mantener el asado artificialmente barato pisando a los productores. La solución era *aumentar dramáticamente los salarios reales* para que los trabajadores pudieran pagar precios justos por la carne.


Acá está la contradicción del modelo K: querían defender el consumo popular pero sin construir una economía de salarios robustos. Querían carne barata pero sin pagarle bien a los trabajadores. Y eso es imposible. Porque una economía de “todo barato” es una economía de pobreza generalizada. Todos pobres, todo barato, nadie progresa.


La alternativa correcta hubiera sido:


*1. Salarios altos en pesos con poder adquisitivo real.* Un trabajador que gana bien puede pagar $30 el kilo de asado sin drama. El problema no es el precio absoluto—es la relación precio/salario.


*2. Rentabilidad interna competitiva para productores.* Si el mercado interno paga bien en pesos con poder adquisitivo real, los productores no necesitan dolarizarse. Un ganadero que vende 500 kilos por mes a buen precio en pesos y con demanda estable es más rentable que uno que persigue el dólar exportador con mercados volátiles.


*3. Círculo virtuoso:* Buenos salarios → consumo robusto de carne → producción rentable para mercado interno → más empleo en frigoríficos/ganadería → más salarios → más consumo. Es el modelo que Argentina tuvo entre 1945 y 1955, cuando consumíamos 92 kilos per cápita y los trabajadores compraban 100 kilos con su sueldo.


*4. Elite convencida, no obligada.* Acá está el desafío que planteás: ¿cómo convencés a una elite extractiva de que sea patriota? ¿Cómo la “enamorás” para que produzca para adentro?


La respuesta no es solo retórica—es estructural:


*Primero, mostrarle los números:* Un mercado interno de 45 millones de personas con salarios dignos consumiendo 70-80 kilos per cápita al año son 3.150.000 toneladas anuales de demanda garantizada. Eso es más rentable y estable que exportar 700.000 toneladas a mercados internacionales volátiles donde China hoy te compra y mañana no, donde Europa te pone barreras sanitarias cuando se le canta, donde Estados Unidos te cierra por un brote de aftosa.


*Segundo, construir institucionalidad patriota:* Necesitás una Sociedad Rural que entienda que su lugar es Argentina. Que se sienta responsable de alimentar argentinos antes que de exportar. Que mida su éxito no en dólares enviados al exterior sino en kilos de proteína consumidos por trabajadores argentinos. Eso requiere formación, educación, construcción de consensos.


*Tercero, incentivos correctos:* Si un productor vende al mercado interno y mantiene stock reproductivo, tiene créditos blandos, apoyo técnico, exenciones impositivas parciales. Si liquida hembras para exportar, pierde esos beneficios. No es autoritarismo—es alinear incentivos con objetivos nacionales.


*Cuarto, horizonte de largo plazo:* Argentina tiene todo para ser potencia: 45 millones de habitantes con capacidad de consumo, 280 millones de hectáreas productivas, clima templado ideal para ganadería, genética de punta, tradición ganadera centenaria. Lo que falta es visión. Decirle a la elite: “En 20 años podemos ser el país más próspero de América Latina si construimos hacia adentro. O podemos seguir siendo un proveedor de commodities dependiente de humores internacionales. Elegí.”


Kirchner intentó defender el consumo popular sin tener estas estructuras. Quiso obligar a una elite extractiva a ser patriota solo con controles y prohibiciones. Y la elite respondió liquidando el rodeo porque “no le cerraban los números”.


Pero la pregunta sigue en pie: *¿Le tenían que cerrar esos números?*


Un ganadero que en 2006 no podía ser rentable vendiendo al mercado interno argentino con 40 millones de consumidores potenciales, pero sí era rentable vendiendo a Alemania… ¿no estaba evidenciando que su estructura de costos estaba dolarizada artificialmente? ¿No estaba demostrando que había perdido toda conexión con la economía real argentina?


El problema estructural del kirchnerismo ganadero fue creer que podía defender el consumo popular sin construir una elite patriota. Que bastaba con prohibir exportaciones para que los ganaderos dijeran “bueno, vendo adentro entonces”. No funcionó. La elite boicoteó, liquidó, se fundió voluntariamente antes que ajustarse al mercado interno. Y Kirchner no tuvo las herramientas—ni quizás la visión completa—para construir la alternativa.


Entre 2003 y 2007, mientras Kirchner construía su imagen de líder “nacional y popular”, mientras crecía el PBI y bajaba la desocupación, la pregunta de fondo quedó sin responder: ¿Puede haber soberanía alimentaria sin elite patriota? ¿Puede un gobierno popular defender el consumo del pueblo si la clase propietaria sigue pensando en dólares internacionales?


La respuesta que dio la realidad fue brutal: No. No podés. Kirchner intentó forzar la ecuación con controles. La elite respondió con sabotaje productivo. Y el resultado fue que entre 2005 y 2011 consumimos cada vez menos carne, los precios explotaron igual, y nadie ganó—ni el pueblo, ni los productores, ni el país.


Lo que faltó —lo que sigue faltando— es una conversación nacional honesta sobre qué tipo de país queremos ser. Si queremos ser una potencia con mercado interno robusto, necesitamos elite patriota. Y si no la tenemos, hay que formarla. Con educación, con incentivos, con horizontes de largo plazo, con narrativas que vinculen la riqueza privada con la prosperidad nacional.


Kirchner intentó defender el asado argentino. Tenía razón en intentarlo. Pero intentarlo sin elite patriota es como intentar construir una casa sin arquitectos: la intención es buena, pero la obra termina derrumbándose.


X. CRISTINA: CUANDO LOS SALARIOS SUBEN PERO LA CARNE SIGUE CAYENDO (2007-2015)

Cristina Kirchner asumió en diciembre de 2007 heredando dos legados contradictorios. Por un lado, una economía en crecimiento con salarios reales recuperándose. Por el otro, un sector ganadero destruido: el rodeo había perdido 10 millones de cabezas entre 2006 y 2007, los productores estaban en pie de guerra contra el Estado, y el consumo de carne había comenzado su caída estructural.


Su respuesta fue contundente: profundizar los controles. Si Néstor había cerrado exportaciones y puesto retenciones, ella haría lo mismo pero con más convicción. Porque en la visión kirchnerista, el problema no era el método—era que no se había aplicado con suficiente firmeza.


En 2008, Guillermo Moreno y Ricardo Echegaray perfeccionaron el sistema de Registros de Operaciones de Exportación (ROE). Ya no se trataba solo de limitar exportaciones—se trataba de decidir quién exportaba, cuánto, cuándo y a qué precio. Los cupos de exportación se redujeron dramáticamente: de las 771.000 toneladas que Argentina exportaba en 2005, se pasó a límites de 200.000 toneladas anuales en los últimos años del gobierno de Cristina.


La frase de la Sociedad Rural era brutal pero precisa: “Con ROE más cupos, una vaca valía menos que un par de zapatillas”.


Y efectivamente, la elite ganadera respondió como siempre: liquidando. Entre 2008 y 2009, agravado por una sequía devastadora, se aceleró la destrucción del rodeo. Para 2011, el stock había caído a 48,9 millones de cabezas. La producción de carne se desplomó a 2,5 millones de toneladas. Cerraron 35 plantas frigoríficas en diez años. Miles de empleos perdidos. El consumo siguió cayendo: 52 kg en 2011, 54 kg en 2012, 60 kg en 2013 (repunte temporal), 57 kg en 2014, 59 kg en 2015.


Promedio 2011-2015: *59,1 kilos per cápita*. El más bajo en décadas.


Pero acá está la paradoja que nadie explica: *durante el mismo período, los salarios reales crecieron 50,8%*.


Entre 2003 y 2015, el poder adquisitivo de los trabajadores argentinos aumentó dramáticamente. En 2015, Argentina tenía el salario mínimo más alto de América Latina medido por paridad de poder adquisitivo: USD 742 contra USD 725 de Paraguay, USD 586 de Ecuador, USD 523 de Chile. Los salarios reales alcanzaron su punto máximo histórico en diciembre de 2015. Las paritarias superaban la inflación en la mayoría de los años. Millones de argentinos accedieron a consumos que antes les eran imposibles: autos, electrodomésticos, viajes, educación privada.


Pero no comían más carne. *¿Por qué?*


La respuesta fácil sería decir que la carne se volvió cara. Y en términos nominales, así fue: entre 2008 y 2010 los precios internos de la carne aumentaron más del 100% en términos reales. Para 2015, aunque los salarios eran altos, la relación salario/precio de la carne seguía siendo peor que en los años ’60 o ’70.


Pero la pregunta correcta es más profunda: *¿Por qué con salarios creciendo 50% en términos reales, el consumo de carne cayó 15%?*


Porque el problema nunca fue solo el precio de la carne. El problema era que *la elite ganadera argentina se negaba a producir para el mercado interno*. Prefería liquidar 10 millones de vacas antes que adaptarse a vender en pesos a argentinos con buenos salarios. Prefería cerrar 35 frigoríficos antes que ajustar su estructura de costos para ser rentable sin el dólar internacional.


Mirá la contradicción: en el mismo período (2007-2015), Argentina batió todos los récords sojeros. La cosecha de soja pasó de 47,5 millones de toneladas (2006/07) a 61,4 millones (2014/15). Las exportaciones de soja y derivados alcanzaron USD 29.600 millones en 2011, récord histórico. La producción de maíz llegó a 25 millones de toneladas en 2012/13. El campo argentino producía como nunca.


Pero la carne caía. *¿Por qué?*


Porque los productores sojeros aceptaron producir con retenciones del 35% y vender al mercado chino. Entendieron que podían ser rentables vendiendo granos a China en escala masiva, aunque el Estado se quedara con un tercio. Adaptaron su modelo de negocios, tecnificaron, invirtieron en maquinaria agrícola (ventas crecieron 97% en 2013), y construyeron fortuna.


Los ganaderos, en cambio, seguían pensando en vender cortes premium a Alemania. Seguían midiendo su rentabilidad contra los precios de Chicago en lugar de contra lo que pagaban los argentinos. Y cuando el Estado les cerró las exportaciones, *no se adaptaron—se fundieron voluntariamente*.


¿Eso significa que Cristina hizo todo bien? No.


*Error número uno:* Los ROE fueron un sistema de discrecionalidad y corrupción. Moreno decidía quién exportaba según criterios opacos. Empresas favorecidas (como el grupo JBS-Swift) compraban hacienda a precios de remate cuando se cerraban exportaciones, y después conseguían los permisos para exportar con márgenes obscenos. Ese sistema no defendía al consumidor—generaba negociados.


*Error número dos:* Se intentó mantener la carne “barata” artificialmente en lugar de construir una economía de salarios tan altos que la carne fuera accesible a precio justo. Esta es la contradicción central del modelo K: querían que el pueblo comiera bien, pero sin pagarle lo suficiente para que pudiera pagar precios justos por proteína de calidad.


Pensalo así: un trabajador argentino en 2015 ganaba USD 742 mensuales (el mejor de Latinoamérica), pero solo consumía 59 kilos de carne al año. Un trabajador argentino en 1960 ganaba mucho menos en términos absolutos, pero consumía 92 kilos. ¿La diferencia? En 1960, con un sueldo se compraban 100 kilos de asado. En 2015, con el “mejor salario de Latinoamérica” se compraban 40 kilos.


El problema no era el salario nominal—era la estructura de precios relativos. La carne se había vuelto desproporcionadamente cara *porque la elite ganadera exigía rentabilidad en dólares internacionales* en lugar de aceptar rentabilidad razonable en pesos con mercado interno robusto.


*Error número tres:* No hubo ningún intento serio de formar una elite patriota. Se intentó obligar a una elite extractiva a comportarse como patriota solo con palos (retenciones, ROE, cupos), sin zanahorias (incentivos para producir adentro), sin narrativa (por qué es mejor construir sobre mercado interno), sin visión de largo plazo.


Y cuando nada de eso funcionó, el gobierno kirchnerista improvisó una salida desesperada: *sustituir carne vacuna por cerdo y pollo*.


Enero de 2010. Cristina Kirchner, en un acto público, recomienda comer más cerdo “para mejorar la actividad sexual”. La frase se vuelve viral, Mauricio Macri dice que tuvo que bajar su consumo de cerdo porque “tenía mucha energía”, Hugo Moyano promete “desayunar lechón”. Es un papelón político, pero revela algo más profundo: *el gobierno sabía que no podía resolver el problema de la carne vacuna*.


En 2011 lanzan “Cerdos y lácteos para todos”, con Moreno llevando camiones al conurbano vendiendo 4 kilos de cerdo a $30. El consumo de cerdo pasó de 5 kilos per cápita en 2009 a cifras mayores en años siguientes. El pollo comenzó su ascenso imparable como sustituto de la carne vacuna.


Pero esa sustitución no fue por preferencia—fue por necesidad. Los argentinos no dejaron de comer carne vacuna porque preferían pollo. La dejaron porque *la elite ganadera se negó a alimentarlos* y el Estado no pudo (o no supo) construir una alternativa.


Durante los 8 años de Cristina, la industria automotriz creció 400%, se produjeron récords históricos de 828.771 autos en 2011, se triplicó la producción de cemento, el empleo en construcción pasó de 70.000 a 380.000 trabajadores, se creó YPF estatal, se expandió la industria textil, se desarrolló la vitivinicultura hasta convertir a Argentina en el 5° productor mundial. La economía crecía, los salarios subían, millones salían de la pobreza.


Pero la carne seguía cayendo.


¿Por qué la industria automotriz sí se desarrolló y la ganadera no? ¿Por qué la soja sí fue rentable con retenciones brutales y la carne no? ¿Por qué se pudo construir industria nacional pero no soberanía alimentaria?


La respuesta vuelve siempre al mismo punto: *falta de elite patriota*.


Los empresarios automotrices entendieron que un mercado interno de 40 millones de argentinos con salarios crecientes era negocio. Invirtieron $16.900 millones entre 2008 y 2013. Construyeron sobre demanda local. Los sojeros entendieron que podían ser rentables vendiendo a China en escala aunque el Estado les cobrara 35%. Ajustaron su modelo.


Los ganaderos no. Preferían la autodestrucción a la adaptación.


Y Cristina, con todos sus aciertos en redistribución de ingresos, con toda su épica nacional-popular, con todos sus discursos sobre soberanía, *no logró construir la narrativa que convenciera a una elite de que su lugar era Argentina*.


En diciembre de 2015, Cristina dejó el poder con el salario más alto de Latinoamérica, con 51,4 millones de cabezas de ganado (recuperación parcial desde los 48,9 de 2011), con 2,7 millones de toneladas de producción, y con un consumo de 59,7 kilos per cápita.


Había intentado defender el consumo popular. Había logrado que millones vivieran mejor. Pero no había logrado que comieran más carne. Porque no se puede tener soberanía alimentaria sin elite que la sostenga. Y Argentina seguía—sigue—sin esa elite.


La pregunta que dejó sin responder fue la misma que Néstor: *¿Cómo construís un país próspero si la clase propietaria piensa en dólares del exterior y el pueblo en pesos del mercado interno?* ¿Cómo lográs que 280 millones de hectáreas productivas alimenten a 45 millones de argentinos si los dueños de esas hectáreas prefieren alimentar chinos y alemanes?


El kirchnerismo gobernó 12 años. Transformó Argentina en muchos sentidos. Pero dejó esa pregunta sin respuesta. Y sin esa respuesta, el asado argentino seguiría cayendo sin importar quién gobernara después.


XI. MACRI: CUANDO EL CAMPO RESPONDE… PERO EL PUEBLO NO COME (2015-2019)

El 14 de diciembre de 2015, apenas dos días después de asumir, Mauricio Macri viajó a Pergamino rodeado de productores rurales y anunció la medida que el campo esperaba hacía 12 años: retenciones cero a trigo, maíz, girasol y carne. Reducción del 35% al 30% para soja. Eliminación total del Registro de Operaciones de Exportación (ROE) en 2017. Apertura completa de exportaciones. “Sin el campo el país no sale adelante”, dijo. “Vamos a convertirnos en el supermercado del mundo”.


Y el campo respondió. Respondió exactamente como todos esperaban que respondiera.


Las exportaciones de carne pasaron de 133.000 toneladas en 2015 a 567.000 toneladas en 2019. Un aumento del 326%. En dólares, de USD 870 millones a USD 3.000 millones. Un crecimiento del 256%. El stock ganadero se recuperó de 51,4 millones de cabezas en 2015 a 53,9 millones en 2019. Se reabrieron más de 20 frigoríficos que habían cerrado durante el kirchnerismo. La faena aumentó de 12,1 millones de cabezas en 2015 a 13,9 millones en 2019, un 14,5% más. La producción pasó de 2,7 millones de toneladas a 3,1 millones.


El experimento neoliberal clásico había funcionado: quitás controles, abrís exportaciones, y los productores producen. La teoría confirmada por los números.


Había un solo problema: *los argentinos comieron menos carne que nunca en la historia registrada*.


El consumo per cápita cayó de 58,7 kilos en 2015 a 50,7 kilos en 2019. Una caída de 8 kilos. En noviembre de 2019, el consumo anual estaba en 50,7 kilos—el peor noviembre desde que hay registro, peor que 2011 (55,2 kg), peor que toda la era kirchnerista, peor que cualquier año desde 1920.


Macri literalmente le sacó 16 asados por año a cada argentino. Y no porque los productores no estuvieran produciendo. *Estaban produciendo más que nunca*. Simplemente estaban vendiendo afuera.


En 2015, Argentina dedicaba el 7,6% de su producción de carne a exportación. En 2019, ese porcentaje había subido al 27%. Más de un cuarto de la carne argentina se iba al exterior mientras los argentinos pasaban de 59 kilos per cápita (ya bajo para nuestros estándares históricos) a 50 kilos (récord de miseria).


¿Qué pasó?


La respuesta tiene dos caras, y ambas son brutales.


Primera cara: el modelo funcionó exactamente como estaba diseñado.


Macri eliminó retenciones para que los productores ganaran más vendiendo al precio internacional. Y lo lograron. Los ganaderos, por primera vez desde 2006, pudieron vender carne al mercado global sin que el Estado les cobrara un 15%. Con el dólar oficial devaluado (38% en la primera semana de gobierno), con precios internacionales estables, con China comprando masivamente, exportar era infinitamente más rentable que vender al mercado interno.


Y exportaron. Batieron récord. En 2019 tuvieron las mayores exportaciones de la historia, superando largamente el récord de 2005.


El problema no fue que los productores no respondieran. *El problema fue que respondieron perfectamente—pero para afuera.*


Y esto confirma lo que venimos diciendo desde la Sección IX: la elite ganadera argentina es extractiva, no patriota. Cuando se les dio libertad total para elegir, eligieron vender a China, Europa y Estados Unidos. No eligieron alimentar argentinos. Y esto no es una cuestión moral—es una cuestión de rentabilidad en dólares internacionales versus rentabilidad en pesos argentinos.


Segunda cara: los salarios se derrumbaron.


Entre 2015 y 2019, el salario real de los trabajadores argentinos cayó 20%. Todo lo que se había construido en 12 años de kirchnerismo en términos de poder adquisitivo, se perdió en cuatro años de Macri. No en su totalidad—pero sí el 60% de lo ganado.


El salario mínimo en dólares, que había llegado a USD 742 en diciembre de 2015 (el más alto de Latinoamérica), se desplomó. Para 2019, el trabajador argentino promedio había perdido una quinta parte de su capacidad de compra.


Y acá está el nudo: *aunque el precio real de la carne bajó 15,8% durante el gobierno de Macri (medido contra inflación general), los argentinos igual comieron menos*.


¿Cómo es posible que la carne se abarate en términos reales y el consumo caiga igual?


Porque cuando tu salario cae 20%, aunque la carne baje 15%, *seguís estando peor*. Y porque la carne, aunque bajara respecto a inflación general, seguía siendo proporcionalmente cara para un trabajador empobrecido.


Pensalo así: en 2015, con el “mejor salario de Latinoamérica”, un trabajador compraba 40 kilos de asado con su sueldo. En 2019, con salarios devastados, compraba aún menos. El asado no se había vuelto “caro”—el trabajador se había vuelto miserable.


Esta es la contradicción mortal del modelo Macri: liberaste al campo para que produzca y exporte, pero empobreciste al pueblo que debería consumir. Construiste oferta para el mundo mientras destruías demanda interna.


Y los números no mienten: 27% de la producción se iba afuera. Los argentinos comíamos 50 kilos. Pero el stock había crecido, la faena había crecido, la producción había crecido. *Había carne—simplemente no era para nosotros.*


En septiembre de 2018, golpeado por la crisis cambiaria y financiera, Macri tuvo que reimponer retenciones a las exportaciones. Pero ya no eran las retenciones kirchneristas del 15%—eran un canon de $3 por dólar exportado, mucho más benévolo. Y para entonces, el daño ya estaba hecho. Los salarios ya habían caído, el consumo ya se había desplomado, y los productores ya habían confirmado que su mercado prioritario estaba afuera.


La pregunta que dejó Macri es la misma que dejaron todos los anteriores, pero con una vuelta de tuerca cruel: *¿Qué pasa cuando le das a la elite lo que pide—libertad total, cero controles, dólar competitivo—y aún así el pueblo come menos?*


Porque Macri les dio todo. No hubo retenciones (hasta 2018). No hubo ROE. No hubo cupos. No hubo intervención estatal. El campo tuvo las condiciones que pedía hace décadas. Y produjo. Pero Argentina comió menos que nunca.


Esto destruye dos narrativas simultáneamente:


*Narrativa liberal destruida:* “Si liberás al campo, habrá abundancia para todos”. Falso. Hubo abundancia—para exportar. El mercado interno se hundió porque los salarios se hundieron.


*Narrativa kirchnerista destruida:* “El problema es la intervención del Estado que destruye producción”. Falso. Macri no intervino y la producción creció—pero el pueblo comió menos igual.


La verdad incómoda que ninguno quiere admitir es más profunda: *no importa si el Estado interviene o no interviene. Si los salarios son miserables, el pueblo no come. Y si la elite es extractiva, aunque produzcas récord, vas a exportar en lugar de alimentar tu país.*


El gobierno de Macri demostró que podés tener:


– Stock ganadero creciendo


– Exportaciones récord


– Producción en aumento


– Libertad de mercado total


Y SIMULTÁNEAMENTE tener:


– El peor consumo de carne de la historia


– Salarios reales cayendo 20%


– Pueblo empobrecido


– Soberanía alimentaria destruida


Porque el modelo Macri nunca tuvo como objetivo que los argentinos comieran bien. El objetivo era que las grandes exportadoras y los productores ganaran más vendiendo afuera. Y lo lograron. Las 10 grandes empresas exportadoras (Cargill, Dreyfus, Bunge, Nidera, Glencore, ADM) le anticiparon al gobierno USD 10.000 millones apenas asumió. No fue casualidad.


Macri construyó el modelo perfecto para una elite extractiva: libertad para exportar, dólar devaluado para competir internacionalmente, cero retenciones para maximizar ganancia, y un mercado interno que se joda porque los salarios caen.


Y cuando en 2019 terminó su mandato, dejó:


– El consumo de carne más bajo en 100 años


– Salarios reales 20% más bajos que en 2015


– Un pueblo que había retrocedido décadas en su capacidad de consumo


– Y una elite ganadera que había batido récords de exportación mientras los argentinos comían fideos


La promesa era “ser el supermercado del mundo”. Y lo logramos. El problema es que los argentinos no podían comprar en ese supermercado—no tenían plata. El supermercado era para otros.


Entre 2015 y 2019, Argentina confirmó algo que debería estar escrito en piedra: *producir no es lo mismo que comer. Exportar no es lo mismo que alimentar. Y libertad de mercado sin salarios dignos es hambre con estadísticas lindas.*


Macri demostró que la elite ganadera, cuando se le deja completamente libre, elige vender afuera. No por maldad—por racionalidad económica. El mercado internacional paga en dólares. El mercado interno paga en pesos depreciados con salarios miserables. ¿Dónde vendés? Obvio.


Y ahí está la tragedia: *ni el control kirchnerista ni la libertad macrista resolvieron el problema estructural*. Porque el problema nunca fue si el Estado interviene o no. El problema es que Argentina no tiene una elite que piense en Argentina primero. Y no tiene salarios lo suficientemente altos como para que el mercado interno sea más atractivo que exportar.


Macri dejó el gobierno en diciembre de 2019 con la economía en recesión, los salarios destruidos, el consumo de carne en mínimos históricos, y una elite ganadera feliz porque había exportado récord.


La pregunta seguía sin respuesta: *¿Cómo hacés para que un país con 280 millones de hectáreas productivas, 54 millones de vacas, y tradición ganadera centenaria… alimente a sus 45 millones de habitantes?*


Ni controles ni libertad habían funcionado. ¿Qué quedaba por intentar?


XII. ALBERTO: CUANDO NI SIQUIERA INTENTAR FUNCIONA (2019-2023)

“Llegaba el fin de semana y alguien decía: ‘¿che, sale asado?’ La verdad que empezar a perder esas cosas… Hacer un asado era algo más. Era invitar alguien a tu casa, que vengan tus amigos, reirte un rato, ¿para qué laburamos sino? Lo bueno es que en un tiempito todo esto va a mejorar.”


Así decía el spot de campaña del Frente de Todos en julio de 2019. Alberto Fernández prometía devolverle el asado a los argentinos. Era su promesa central, su conexión emocional con el pueblo. El asado como símbolo de lo que Macri había destruido y el peronismo iba a recuperar.


Diciembre de 2019, Alberto asume. Primera medida relacionada con la carne: aumentar retenciones del 5% (que Macri había puesto en 2018) al 9%. No es un aumento dramático, pero marca el tono: volvemos a intervenir.


2020: consumo de carne *49,7 kilos per cápita*. El peor registro desde 1920. Cien años. Un siglo. El nivel más bajo de consumo de carne en la historia registrada de Argentina.


Y no fue por la pandemia. Fue porque Alberto heredó el desastre de Macri (50,7 kg en 2019) y lo profundizó. En plena pandemia, con 10 millones de personas asistidas por el Estado, con “Argentina contra el Hambre”, con Tarjeta Alimentar, con todo el aparato de contención social desplegado, *los argentinos comieron menos carne que en cualquier otro momento del último siglo*.


Mayo de 2021, Alberto explota: “El tema de la carne se desmadró”. En una entrevista radial, el presidente anuncia el cierre total de exportaciones por 30 días. Su diagnóstico: China está comprando masivo, el 80% de las exportaciones va a China, el precio internacional compite con el mercado interno, los especuladores compran en Liniers para exportar, los precios suben sin justificativo cuando el consumo baja.


Todo correcto. El diagnóstico era preciso. El problema era el mismo de siempre: elite exportadora vendiendo afuera mientras los argentinos no comen.


Pero la solución fue Néstor Kirchner 2006 versión 2021. Cerrar exportaciones, ordenar el mercado, prohibir especulación, mejorar trazabilidad. 30 días de cierre total. Después cupos del 50% del promedio exportado en 2020. Y prohibición de exportar 7 cortes parrilleros hasta fin de año: asado, falda, matambre, tapa de asado, cuadrada, paleta y vacío.


La respuesta del campo fue inmediata: paro de comercialización de 8 días. La Sociedad Rural, Coninagro, Confederaciones Rurales y Federación Agraria unidas contra el gobierno. Otra vez.


¿El resultado de un año de restricciones?


*Producción:* Cayó 10,7% en el trimestre mayo-julio 2021. De 3,15 millones de toneladas (abril 2021) a 2,97 millones (abril 2022).


*Faena:* Cayó 12,3% en el mismo período. La menor desde 2016.


*Exportaciones:* Cayeron de 937.000 toneladas (12 meses previos a abril 2021) a 789.000 toneladas. Pérdida estimada de USD 1.500 millones.


*Consumo: Cayó 6,5%. En enero de 2022 se registró 47,4 kilos per cápita*, el nivel más bajo de toda la serie desde 2005.


*Precios: Subieron. Subieron más que la inflación en la primera mitad de 2021, luego bajaron levemente (1,4% en agosto) pero nunca bajaron lo suficiente*. El precio del asado en mayo de 2021 era $1.017/kg. En mayo de 2022, después de un año de restricciones, seguía prácticamente igual en términos reales.


Alberto logró el peor de todos los mundos posibles: *producción cayó, exportaciones cayeron, consumo cayó, precios subieron igual*.


Ni siquiera pudo replicar el “éxito” parcial de Kirchner en 2006, que al menos logró bajar precios temporalmente aunque destruyó el rodeo. Alberto directamente fracasó en todo.


¿Por qué?


Porque intentó aplicar la misma receta de 2006 en un contexto completamente distinto. En 2006, el stock ganadero estaba en 58,5 millones de cabezas y creciendo. En 2021, el stock estaba en 53-54 millones y estancado. En 2006, la economía venía creciendo. En 2021, venía de la crisis de Macri más pandemia. En 2006, los salarios reales venían mejorando. En 2021, venían destruidos de cuatro años de Macri.


Y lo más importante: *en 2021 los productores ya sabían que cerrar exportaciones no funcionaba*. Ya lo habían vivido en 2006-2011. Ya habían aprendido a boicotear. Esta vez no esperaron—liquidaron inmediatamente.


Pero hay algo más profundo. Alberto, como Kirchner, como todos los gobiernos peronistas, intentó defender el consumo popular *sin construir una economía que lo sostuviera*. Querés que la gente coma asado pero no construís salarios robustos. Cerrás exportaciones pero no ofrecés alternativa rentable a los productores. Intentás “ordenar el mercado” pero no tenés poder real para hacerlo.


Y la elite ganadera, otra vez, respondió perfectamente: no produjo. Porque si no puedo exportar al precio que quiero, simplemente no produzco. Total, el Estado no me puede obligar a criar vacas.


Alberto tuvo cuatro años. Entre 2019 y 2023, el consumo osciló entre 47 kg (2021-2022) y 53 kg (2023). El promedio de su gobierno fue *aproximadamente 50 kilos per cápita*. Macri dejó 50,7 kg. Alberto lo empeoró.


En 2023, año electoral, hubo una leve recuperación a 53,1 kg. Pero no fue por política ganadera—fue porque el gobierno aflojó controles para llegar a las elecciones sin más conflictos. Y porque los salarios, aunque miserables, se recomponían marginalmente en contexto electoral.


Pero esa recuperación era cosmética. La tendencia de fondo seguía siendo demoledora: desde 2008 (68,6 kg) hasta 2023 (53,1 kg), Argentina había perdido *15,5 kilos de consumo per cápita*. Una caída del 22,6% en 15 años.


Alberto dejó el gobierno en diciembre de 2023 con:


– El consumo de carne estructuralmente destruido


– Una elite ganadera que aprendió que boicotear funciona


– Un pueblo que sustituyó carne vacuna por pollo y cerdo (no por preferencia, por pobreza)


– La certeza de que ni controles kirchneristas ni libertad macrista habían funcionado


Y acá está la tragedia final de Alberto: *ni siquiera lo intentó de verdad*.


Kirchner, al menos, tenía convicción. Cerró exportaciones y bancar el conflicto. Alberto cerró 30 días y después aflojó. Kirchner intentó construir poder para enfrentar al campo. Alberto negoció desde la debilidad. Kirchner creyó que podía forzar a la elite a ser patriota. Alberto apenas intentó frenar los precios para llegar a las elecciones.


Alberto fue la demostración de que *no alcanza con tener razón en el diagnóstico*. Tenía razón: China distorsionaba el mercado, los exportadores especulaban, el precio internacional aplastaba el mercado interno. Todo cierto.


Pero no tenía plan. No tenía poder. No tenía convicción. No tenía alternativa.


Intentó ordenar el mercado sin tener fuerza para hacerlo. Intentó defender el consumo popular sin construir economía que lo sostuviera. Intentó frenar a los exportadores sin ofrecerles alternativa rentable. Intentó “un tiempito” de restricciones como si el problema fuera coyuntural y no estructural.


Y el resultado fue que bajo su gobierno, los argentinos comieron peor que en cualquier otro momento del último siglo. El spot del asado quedó como testimonio de una promesa que nunca se cumplió. Peor: de una promesa que ni siquiera se intentó cumplir con seriedad.


Cuando Alberto dejó el gobierno en diciembre de 2023, la pregunta seguía siendo la misma que desde 1960: *¿Cómo hacés para que Argentina, con todo lo que tiene, alimente a sus habitantes?*


Pero ahora había una certeza nueva: *ya no alcanzaba con intentar las soluciones viejas*. Los controles kirchneristas habían fallado. La libertad macrista había fallado. El intento tibio de Alberto había fallado.


¿Qué quedaba por probar? Quedaba la opción que nadie había intentado todavía: *destruir completamente el Estado y entregar todo al mercado sin ningún tipo de mediación*.


Eso es lo que venía.


XIII. MILEI: LA PUREZA IDEOLÓGICA CONTRA EL ASADO (2023-2024)

10 de diciembre de 2023. Javier Milei asume la presidencia con una promesa clara: eliminar al Estado del medio. Cero retenciones (eventualmente), cero controles, cero intervención. El mercado lo resuelve todo. Y si Macri había intentado esto con timidez, Milei lo haría sin contemplaciones.


Diciembre 2023: DNU 70/2023. Entre cientos de medidas, una clave para la carne: eliminación de cupos de exportación, eliminación del peso mínimo de faena, eliminación del RUCA (Registro Único de la Cadena Agroalimentaria). Libertad total. El campo puede exportar todo lo que quiera, cuando quiera, como quiera.


Agosto 2024: Decreto 697/2024, anunciado en la Exposición Rural de Palermo. Milei elimina completamente las retenciones a la exportación de carne de vaca (categorías A, B, C, D, E). Reduce 25% las retenciones a todas las demás proteínas animales (de 9% a 6,75%). Elimina retenciones a cerdo y lácteos.


Julio 2025: Rural 2025. Milei vuelve a bajar: carne vacuna y aviar del 6,75% al 5%. “Mientras yo esté en el Gobierno, las retenciones no van a volver a subir”, promete.


El experimento libertario estaba completo. Ni Macri se había atrevido a tanto. Milei entregaba todo—sin retenciones, sin cupos, sin controles, sin Estado. El sueño liberal perfecto.


¿El resultado?


*2024: Exportaciones de carne 936.000 toneladas*. Un crecimiento del 10% respecto a 2023. “Volvimos a superar las 900.000 toneladas exportadas por primera vez en más de 100 años”, celebra Milei en Rural 2025. Las grandes exportadoras felices. Los frigoríficos exportando el 75% de lo que faenan, dejando solo 25% para mercado interno. China comprando masivo. Estados Unidos reabriendo mercado con acuerdo de libre comercio.


*2024: Consumo de carne 49,5 kilos per cápita. Una caída del 7% respecto a dos años antes. El segundo nivel más bajo desde 1914*. Solo 1920 fue peor en el último siglo.


Solo el 70% de la carne producida queda para el mercado interno. El 30% se va al exterior.


Octubre-noviembre 2024: la carne sube 15% en un mes. Febrero 2025: sube otro 15%. “La realidad es que tendríamos que ir de a poco a los precios internacionales”, declara el vicepresidente de la Cámara de Matarifes. “Los precios se van a ir afianzando, no van a bajar y van a seguir subiendo.”


El mercado habló. Y dijo: *los argentinos no pueden comprar carne a precio internacional*.


Pero Milei no se inmuta. En su discurso de Rural 2025, celebra: “Hemos eliminado el cepo cambiario, reducido aranceles, abierto mercados, eliminado restricciones antiliberales. Las exportaciones crecen. La genética argentina es demandada en el mundo. Somos referencia global.”


Todo cierto. Excepto que *los argentinos comen menos carne que en cualquier otro momento desde 1914*.


Milei es la culminación lógica de 64 años de fracaso. Si los controles kirchneristas no funcionaron, si la libertad macrista no funcionó, si el intento tibio de Alberto no funcionó, entonces había que ir hasta el final: *eliminar completamente al Estado y dejar que el mercado decida*.


Y el mercado decidió: *exportar*.


Porque el mercado no tiene patria. El mercado no tiene memoria del asado argentino. El mercado no sabe que Argentina es el país de la carne. El mercado solo sabe de rentabilidad. Y es más rentable vender a China a USD 14.000 la tonelada que vender a argentinos empobrecidos en pesos depreciados.


Milei dice que eliminó “restricciones antiliberales”. Que devolvió “libertad” al campo. Que quitó “el peso del Estado de los hombros de la producción”. Y tiene razón—hizo exactamente eso.


El problema es que *esa libertad es la libertad de exportar mientras los argentinos no comen*. Es la libertad de los frigoríficos de enviar el 75% afuera mientras el mercado interno se desabastece. Es la libertad de los productores de vender al mejor postor internacional mientras 55% de los argentinos son pobres.


Y no es que Milei sea especialmente cruel o idiota. Es que *está siendo perfectamente consistente con su ideología*. Para el libertarismo, el Estado no debe intervenir. El mercado se autorregula. Si la carne es cara, la gente come otra cosa. Si no pueden pagar, que produzcan más y ganen más. Si los argentinos no comen carne, es porque el Estado distorsionó el mercado durante décadas y ahora hay que pagar el precio del ajuste.


Es lógica pura. Es teoría económica perfecta. Y funciona perfecto—*para los exportadores*.


2024 fue el año del libertarismo aplicado al asado argentino. Y el resultado es que *Argentina produce récord para exportar mientras sus habitantes comen niveles de 1914*.


Milei completó el círculo que Macri había empezado: demostrar que la “libertad de mercado” sin Estado significa *libertad de la elite extractiva para exportar a costa del pueblo*.


XIV. CONCLUSIÓN: EL PAÍS QUE NO SE ANIMA A DECIDIR

Sesenta y cuatro años. Desde 1960 hasta 2024. Catorce gobiernos. Democracias, dictaduras, populismos, liberalismos, desarrollismos, neoliberalismos. Todos prometieron defender el asado argentino. Todos fracasaron.


1960: consumíamos 92 kilos per cápita. Un trabajador metalúrgico compraba 100 kilos de asado con su sueldo.


2024: consumimos 49,5 kilos per cápita. El segundo peor dato desde 1914. Y seguimos cayendo.


En 64 años perdimos 42,5 kilos de consumo per cápita. Una caída del 46%. Casi la mitad del asado argentino desapareció de nuestras mesas.


¿Qué pasó?


*No es que no tengamos vacas.* El stock osciló entre 48 y 61 millones en estas décadas. Ahora estamos en 54 millones. No es el problema.


*No es que no podamos producir.* Argentina tiene 280 millones de hectáreas productivas, genética de punta, tradición ganadera centenaria, tecnología, conocimiento. Podríamos alimentar a 400 millones de personas. No es el problema.


*No es que falten mercados.* China compra masivo. Estados Unidos reabre. Europa quiere nuestra carne. Podríamos exportar el triple. No es el problema.


El problema es más simple y más brutal: *Argentina nunca decidió para quién produce*.


Todos los gobiernos de estos 64 años intentaron resolver la contradicción del asado con parches. Controles temporales. Retenciones que suben y bajan. Cierres de exportaciones seguidos de aperturas. Cupos, ROE, precios máximos, acuerdos de precios, subsidios, prohibiciones.


Nadie se animó a la pregunta de fondo: *¿Produce Argentina para alimentar argentinos o para exportar y ganar divisas?*


Porque esa pregunta tiene una respuesta incómoda: *no se puede hacer bien las dos cosas al mismo tiempo*. No con la estructura que tenemos. No con los salarios que tenemos. No con la elite que tenemos.


Si querés que 45 millones de argentinos coman 70-80 kilos de carne por año, necesitás dedicar 3-3,5 millones de toneladas al mercado interno. Si además querés exportar 800.000-900.000 toneladas, necesitás producir 4 millones de toneladas al año. Y mantener ese nivel de producción requiere inversión, tecnología, rentabilidad, y—sobre todo—*una elite que acepte vender al mercado interno como prioridad*.


Esa elite no existe. Nunca existió. Y nadie intentó formarla.


La elite ganadera argentina es extractiva. Piensa en dólares internacionales. Mide su éxito en toneladas exportadas, no en kilos consumidos por argentinos. Y cuando el Estado intenta forzarla a vender adentro, *liquida el rodeo y boicotea*. Lo hizo en 2006-2011. Lo hizo en 2021. Lo haría otra vez.


La elite ganadera argentina no es patriota. No porque sea mala—sino porque *ningún gobierno le dio motivos para serlo*. Ningún gobierno construyó una narrativa de país que la convenciera. Ningún gobierno le ofreció rentabilidad sustentable vendiendo adentro. Ningún gobierno le mostró que construir sobre mercado interno es más rentable a largo plazo que perseguir dólares volátiles afuera.


Y ningún gobierno construyó salarios lo suficientemente altos como para que el mercado interno fuera más atractivo que exportar.


Este es el punto central que nadie quiere admitir: *el problema no es solo la elite extractiva—es también que el pueblo es demasiado pobre para competir con China*.


Un trabajador argentino en 2024 gana salarios que no le alcanzan para comprar carne a precio justo. Un trabajador chino, multiplicado por mil millones, genera demanda agregada que paga lo que Argentina pide. *¿Dónde vendés?* Obvio.


La solución no es mantener la carne artificialmente barata pisando a los productores. Eso destruye producción y genera desabastecimiento. La solución no es liberar exportaciones y empobrecer al pueblo. Eso genera récords de exportación con hambre interna.


*La solución es construir una economía donde los salarios sean tan robustos que el mercado interno compita con el internacional*. Una economía donde un frigorífico diga: “Me conviene vender 70% adentro y 30% afuera porque los argentinos pagan bien, en volumen, y de manera estable”.


Eso requiere:


1. *Salarios altos en términos reales.* No subsidios. No carne barata. Salarios que permitan pagar precios justos por proteína de calidad. Como en 1945-1955, cuando con un sueldo comprabas 100 kilos de asado.


2. *Elite formada.* Una Sociedad Rural que se sienta responsable de alimentar argentinos antes que de exportar. Que mida su éxito en kilos consumidos por el pueblo, no en dólares enviados afuera. Que construya su riqueza sobre mercado interno robusto. Eso no se logra con prohibiciones—se logra con educación, incentivos, narrativa de país, visión de largo plazo.


3. *Decisión política clara.* Argentina tiene que decidir: ¿somos potencia alimentaria para el mundo o somos país que alimenta a su gente primero? Si elegimos lo segundo, toda la política económica debe alinearse con eso. Aranceles diferenciados, incentivos para producción destinada a mercado interno, castigos para liquidación de rodeo, construcción de infraestructura para consumo local.


4. *Horizonte de generaciones.* Esto no se resuelve en cuatro años. Requiere 10-15 años de política consistente. Requiere que un gobierno empiece, el siguiente continúe, y el otro profundice. Requiere consenso nacional que trascienda gobiernos.


Nada de esto se intentó. Cada gobierno improvisó. Cada gobierno miró el precio del asado pensando en las próximas elecciones. Ninguno construyó proyecto de país a largo plazo.


Y así llegamos a 2024: *produciendo más que nunca para exportar mientras comemos como en 1914*.


La pregunta que dejó Kirchner sin responder, la que Cristina no pudo resolver, la que Macri demostró que no le importaba, la que Alberto ni siquiera intentó, y la que Milei considera irrelevante, sigue ahí:


¿Puede un país con 280 millones de hectáreas productivas, 54 millones de vacas, y tradición ganadera centenaria, alimentar dignamente a 45 millones de habitantes?


La respuesta técnica es: *sí, por supuesto que puede*.


La respuesta política es: *no mientras sigamos sin decidir*.


Porque nuestro país nunca decidió si quiere ser potencia o exportador de commodities. Nunca decidió si la elite debe ser patriota o extractiva. Nunca decidió si el pueblo merece comer bien aunque eso signifique exportar menos. Nunca decidió construir salarios robustos aunque eso encarezca la mano de obra para competir internacionalmente.


Nuestro país se pasó 64 años oscilando entre controles que destrozan producción y libertades que destrozan consumo. Entre intervenir torpemente y des-intervenir brutalmente. Entre prometer asado y entregar fideos.


Y mientras tanto, el asado argentino siguió cayendo. Año tras año. Gobierno tras gobierno. Kilo tras kilo.


Hasta que un día dejó de ser parte de la mesa argentina. Hasta que pasó de ser símbolo nacional a privilegio de pocos. Hasta que tuvimos que sustituirlo por pollo. No por preferencia. Por pobreza.


La tragedia del asado argentino no es económica. Es política. *Es la tragedia de un país que tiene todo y todavía no decide qué hacer con lo que tiene*.


Pero esa indecisión no es destino—es elección.


Y podemos elegir distinto.


Tenemos todo lo que se necesita. 280 millones de hectáreas. 54 millones de vacas. Genética de punta. Tradición centenaria. Conocimiento acumulado. Tierra fértil. Clima ideal. 45 millones de personas que quieren trabajar, producir, comer dignamente.


Lo único que nos falta es la decisión política de construir el país que queremos ser.


Esa decisión requiere cuatro pilares:


*1. Formar una elite patriota.* No con discursos. Con educación que forme dirigentes que midan su éxito en kilos consumidos por argentinos, no en dólares exportados. Con incentivos que hagan rentable producir para adentro. Con narrativa de país que convenza a los productores de que construir sobre mercado interno robusto es más sustentable que perseguir dólares volátiles afuera. Con Sociedad Rural que se sienta responsable de alimentar argentinos antes que de exportar.


*2. Construir salarios robustos.* Una economía donde los trabajadores ganen lo suficiente para que el mercado interno compita con el internacional. Donde un frigorífico diga: “Me conviene vender 70% adentro porque los argentinos pagan bien, en volumen, estable”. Donde un sueldo alcance para 80-100 kilos de asado al año, como en 1945-1955. Eso no se logra con carne barata artificial—se logra con economía productiva que genera riqueza real.


*3. Decidir políticamente.* Argentina alimenta a sus 45 millones de habitantes primero. Con lo que sobra, exportamos. Si eso significa renunciar a exportar 900.000 toneladas y exportar solo 400.000-500.000, que así sea. Si eso significa que los dólares del agro crecen más lento, que así sea. La prioridad es clara: primero come nuestro pueblo, después exportamos el excedente. Y esa decisión se sostiene en el tiempo, trasciende gobiernos, se convierte en consenso nacional.


*4. Construir con horizonte de generaciones.* Esto no se resuelve en cuatro años. Requiere 10-15 años de política consistente. Un gobierno empieza formando elite patriota. El siguiente profundiza con salarios robustos. El otro consolida con instituciones que defiendan el interés nacional. Y en 15 años, Argentina vuelve a consumir 70-80 kilos per cápita mientras exporta sustentablemente.


*Esto no es utopía. Es lo que hicimos entre 1945 y 1955.* Cuando consumíamos 92 kilos per cápita, cuando un sueldo compraba 100 kilos de asado, cuando el mercado interno era robusto, cuando teníamos pleno empleo, cuando construíamos industria. Lo hicimos una vez. Podemos volver a hacerlo.


*Esto no es populismo ingenuo.* Es construcción de país con visión de largo plazo. Es defender el interés nacional por sobre intereses sectoriales. Es entender que una Argentina próspera, con pueblo que come bien y trabaja dignamente, es mejor negocio para todos—incluyendo a los productores—que una Argentina exportadora con pueblo empobrecido.


*Esto no requiere violencia ni expropiación.* Requiere consenso. Requiere que ganaderos, trabajadores, industriales, y Estado acuerden: vamos a construir un país donde primero comemos nosotros. Y ese acuerdo se sostiene con instituciones, con educación, con incentivos correctos, con narrativa de país que trasciende grietas.


El asado argentino puede volver a las mesas argentinas.


No mañana. No con un decreto. No con promesas electorales. Pero sí con decisión sostenida en el tiempo. Con formación de elite que piense en Argentina. Con construcción de salarios que permitan comprar dignamente. Con instituciones que defiendan el interés nacional.


La pregunta no es si podemos. *La pregunta es si queremos.*


¿Queremos seguir 64 años más prometiendo asado y entregando fracaso?


¿O nos animamos, finalmente, a construir el país que merecemos?


Tenemos todo. La tierra, las vacas, el conocimiento, la tradición, la gente. Solo falta la decisión.


El asado argentino está esperando. Esperando que decidamos traerlo de vuelta.


No para exportarlo. Para comerlo.


Para que vuelva a ser lo que siempre debió ser: símbolo de un país próspero que alimenta dignamente a su pueblo.


Pero hay algo que ningún gobierno midió en estos 64 años.


Mientras discutíamos retenciones, cupos, controles y libertades. Mientras prometíamos asado y entregábamos fracaso. Mientras caíamos de 92 kilos a 49,5 kilos per cápita.


¿Qué le pasó al cuerpo argentino?


No al bolsillo. No a la economía. No a las estadísticas de consumo.


*Al cuerpo.* A los 45 millones de cuerpos que perdieron 42,5 kilos de proteína animal de calidad en 64 años.


Los datos de salud pública cuentan una historia que ningún político quiere ver. Los números médicos revelan consecuencias que ningún economista incluyó en sus modelos. La ciencia nutricional muestra efectos que ningún gobierno midió.


Porque la deconstrucción del asado no fue solo un problema político.


Fue un experimento masivo sobre 45 millones de cuerpos. Y los resultados están ahí. En hospitales. En escuelas. En índices de desarrollo que nadie conecta con lo que comemos.


Los números no mienten. Y es hora de mirarlos.


PRÓXIMO SÁBADO 10 DE ENERO:

Ensayo 3 – “Números que No Mienten”

Anemia infantil. Desarrollo cognitivo. Longevidad.

Los datos médicos que ningún político quiere mirar.


EL FOGÓN SOBERANO

BLOQUE I: EL CASO ARGENTINO | Ensayo Nº2B

La Deconstrucción del Asado II: Democracia sin Soberanía (1989-2024)


Elio Guida, 2025

Rosario, Argentina


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Este ensayo forma parte de la serie “El Fogón Soberano: Del brahmanismo a Davos: una historia del control nutricional y la debilitación deliberada de los pueblos”